Decía el político Alfredo Pérez Rubalcaba, en una frase que pertenece ya a la cultura popular de este país que “En España se entierra muy bien”. Fernando Trueba podría haber suscrito dicha afirmación hace nada. El que fuera uno de los directores de cine españoles más importantes de los 90 parecía enterrado tras una década de polémicas y fiascos cinematográficos. Trueba será olvido, como todos, pero no tan rápido. 2020 lo ha rescatado gracias al Festival de Cannes, el de San Sebastián, y, claro está, gracias a la familia, que siempre está cuando más se la necesita.

Hay pocas sagas tan activas y definitorias del cine de la democracia como los Trueba. Sin embargo, desde 1998 y La niña de tus ojos no aparecían juntos en los títulos de crédito los nombres de los hermanos David y Fernando. En El olvido que seremos dirige Fernando y escribe David. La película, adaptación de la novela hómonima de Héctor Abad Faciolince, es un canto apasionado y desbordado a la familia. La del patriarca Héctor Abad Gómez, una especie de Tribu de los Brady colombiana, en la que todo es vida y dulzura. Sonrisas sin lágrimas. Los problemas, como la enfermedad o la violencia política, son algo exógeno, una amenaza exterior. La familia es el cielo sobre la tierra.

Tal vez se les va la mano a los Trueba en la idealización del día a día de los Abad Faciolince. ¿Quién les puede culpar? Proyectan sobre sus personajes la misma imagen de felicidad que, sospechamos, experimentan o desean para su clan. Todo en la película es pura saga Trueba, con su amor por el clasicismo, su base literaria y su estética caligráfica. Nos lo dicen con citas de cine: ellos y su manera de entender Colombia son más de Muerte en Venecia y su búsqueda de la belleza que de El precio del poder y su epatante violencia. Lo más llamativo es la inversión cromática de las reglas del flashback: el presente, alejada la feliz infancia, se nos representa con un dramático blanco y negro; el pasado, memoria fértil y paradisiaca, en saturado festival de colores vibrantes.

En las familias, ya se sabe, hay carnales y políticos. A este último grupo pertenece Javier Cámara, que encarna a Héctor Abad Gómez y que ha trabajado con Fernando (La reina de España) y David (Vivir es fácil con los ojos cerrados). En la pantalla se evidencia el esfuerzo y las horas que le ha echado en la construcción del protagonista. Es una cuestión física y psicológica. Corporalmente, ha sido capaz de entrenar sus cuerdas vocales para solventar con nota el siempre peliagudo asunto para los actores españoles del acento latino. También ha dejado crecer una tripita que parece la pesadilla de los anuncios anti colesterol que protagoniza.

A nivel de personalidad, su Héctor Abad Gómez es la condensación de los personajes que le han dado fama, esa mezcla de bonhomía e ingenuidad, de honradez inquebrantable frente al mundo encanallado que le rodea. Es un personaje muy del gusto de los maestros de Fernando Trueba, de Frank Capra a Preston Sturges, por lo que la conexión entre director y actor es más que harmoniosa. El Héctor Abad de Cámara es un poco el Paco Gimeno de 7 vidas si le hubiera ido mejor en el sexo, y otro poco el Antonio de Vivir es fácil con los ojos cerrados si hubiera tenido éxito en su vida pública. Está soberbio y le caerá –seguro– nominación a los Goya.

Y no, Rubacalba no tenía razón. Estaba mucho más atinado Ruiz de Alarcón cuando dijo aquello de “los muertos que vos matáis gozan de buena salud”. Afortunadamente, en España somos chapuceros hasta para enterrar. Por eso Fernando Trueba ha podido resucitar. Y nosotros que nos alegramos.

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