Hubo un tiempo en el que Carmen Sevilla (Sevilla, 1930) hipnotizaba a millones de telespectadores hablando de sus ovejitas y cometiendo simpáticos errores en el Telecupón; 300 mil pesetillas de la época cobraba por presentar este programa diario. Pero, mucho antes de convertirse en un icono televisivo, la artista sevillana, que desde 2009 sufre alzhéimer y hoy vive alejada de los focos en una residencia de Aravaca, fue capaz de consagrarse como estrella cinematográfica nacional e internacional.

De pequeña, Sevilla se pasaba las horas muertas bailando, sin saber que aquel hobby le reportaría muchas alegrías apenas unos años más tarde. No en vano, aún no había cumplido los 13 años cuando, poco después de mudarse con su familia a un piso de la madrileña calle Chinchilla, Estrellita Castro la vio un día bailando por sevillanas y le dio trabajo como bailarina en su espectáculo Rapsodia española, donde pudo compartir escenario con otras artistas de esa época como Paquita Rico y Ana Esmeralda.

La sevillana debutó en el cine de la mano de Juan de Orduña con un pequeño papel en Serenata española (1947) y, poco después, tras pasar un multitudinario casting, se dejó camelar por el popular actor y cantante mexicano Jorge Negrete en la película musical Jalisco canta en Sevilla (1949). Fue la primera coproducción entre España y México de la historia y también el sitio donde la actriz dio el primer beso de su vida.

 

Carmen Sevilla en el cine español

Aquel trabajo, su primer papel protagonista, hizo que la actriz se convirtiera en una estrella nacional. Y, además, fue el punto de partida para su época dorada, en la que dio vida, en repetidas ocasiones, a estereotipados personajes de la España de charanga y pandereta, en comedias blancas y musicales como La revoltosa (1949) –donde José Díaz Morales la hizo encarnar a una simpática chulapa– o Violetas imperiales (1952), donde se metió en la piel de una gitana que termina trabajando como doncella personal de la Emperatriz de Francia.

Con el paso del tiempo, los roles asumidos por la actriz y cantante fueron evolucionando un poco. Su carisma e intuición interpretativa le granjearon bastante fama y en pocos años la llevaron a convertirse en una de las intérpretes más solicitadas por los productores. Antonio Román la dirigió en La fierecilla domada (1956), en la que interpretaría a un bellezón arisco e indomable, y Juan Antonio Bardem pensó en ella para protagonizar el drama La venganza (1958), que recibió una nominación al Oscar a mejor película de habla no inglesa.

Sevilla participó también en aquellos años en varias coproducciones francesas, y el popular empresario y productor vigués Cesáreo González llegaría a llevarla de gira por Latinoamérica. Su facilidad para caer bien a todo el mundo era asombrosa, y el propio dictador Franco, a quien se le caía la baba con ella, le pidió que acudiera a animar a los soldados combatientes en la ciudad marroquí de Ifní.

 

Carmen Sevilla en Hollywood

Como su éxito había acabado traspasando fronteras, el salto al otro lado del charco estaba cantado. En Hollywood, Sevilla pudo trabajar en producciones estadounidenses como la bíblica Rey de reyes (1961), dirigida por Nicholas Ray, donde le tocó encarnar a María Magdalena demostrando su capacidad para asumir cualquier tipo de papel. Y hasta el mismísimo Charlton Heston la elegiría personalmente para interpretar a Octavia en la cinta británica Marco Antonio y Cleopatra (1972).

Quienes han seguido su trayectoria tienen claro que la sevillana podía haber hecho carrera en la meca del cine. Sin embargo, la actriz rechazó un contrato millonario de varios años de duración con Paramount para quedarse cerca de los suyos, y para convertirse en la fiel esposa del prolífico compositor Augusto Algueró, autor de temazos como Tómbola y Chica Ye-Yé.

Con Algueró tuvo la actriz a su único hijo –“El mejor triunfo de mi vida”, en palabras de Sevilla–, y con él contrajo matrimonio en un enlace megamediático del que informó hasta el NODO y se celebró en la Basílica del Pilar de Zaragoza en febrero de 1961.

Aunque la cosa duró poco, pues Algueró era más mujeriego que la media y al parecer sentía ciertos celos profesionales hacia su esposa. El actor y dramaturgo Adolfo Marsillach llegó a comentar que el compositor se puso un día a cronometrar la duración de los besos que Sevilla y él se dieron en la película El secreto de Mónica (1962).

La belleza racial de Sevilla y la luz que desprendía su mirada hicieron que a la actriz se le adjudicaran romances con distintos galanes como Jorge Negrete, Jorge Mistral o Frank Sinatra. Dicen que este último se enamoró hasta las trancas de ella cuando vino a España a rodar Orgullo y pasión (1957) y pudo conocerla en persona.

Aunque ella los desmintió todos en su día y en una entrevista llegó a comentar: “Yo soy muy de lo de ‘matrimonio y mortaja del cielo baja’. ¿Si tuve amores no correspondidos? No lo entiendo. No he tenido esas tragedias. Estuve liada con España entera sin acostarme con nadie.”

 

Carmen Sevilla en los 60

Ya en los sesenta, Sevilla siguió compaginando el cine y la canción. Es más, su gracejo natural le valió para convertirse en toda una pionera, al ponerle cara y voz a una de las primeras campañas publicitarias para televisión de la marca Philips.

El pegadizo eslogan “familia con Philips, familia Philiz” dio pie a la grabación de una canción titulada Flamenca Ye-yé, donde Sevilla canturreaba aquello de “familia Philips, familia Philiz, tú di conmigo sentrañas que sí. Se ven más claros los toros y el gol, cuando es de Philips el televisor”.

 

Carmen Sevilla en los 70

Mujer de fuertes valores tradicionales, Sevilla nunca fue una gran amante del cine de destape. Aun así, la que un día declinara colaborar en una película con Pedro Almodóvar sí coqueteó con aquel atrevido cine en los años setenta. ¿De qué forma? Enseñando algo de cacho en largometrajes como El más fabuloso golpe del Far-West (1972), de José Antonio de la Loma, o La loba y la paloma (1974), de Gonzalo Suárez.

Además, su deseo de salir de la zona de confort la empujó a probar otros géneros cinematográficos. De esta forma, se dejó caer por cintas como El techo de cristal (1971), un drama psicológico dirigido por el siempre controvertido Eloy de la Iglesia, o El apolítico (1977), una comedia de título coyuntural dirigida por Mariano Ozores.

La andaluza rodó su última película en 1978, una farsa política titulada El asalto al castillo de la Moncloa. Y se retiró “joven, guapa y delgada”, en sus propias palabras, como Greta Garbo.

 

Carmen Sevilla en la TV

En 1985, bastantes años después de su divorcio de Algueró, se casaría con Vicente Patuel, convirtiéndose en una pionera en el negocio de las exclusivas al vender las imágenes de su boda con el empresario de cine, que falleció de un infarto en abril de 2000.

Tras el enlace, la actriz aparcaría su carrera cinematográfica y televisiva por un tiempo. Pero la vida en la finca extremeña a la que Patuel insistió en trasladarse acabó resultando demasiado aburrida para ella, por lo que terminaría tirando de agenda para volver a encontrar trabajo.

Después de que el realizador de televisión Valerio Lazarov la fichara y convirtiera durante seis años en la reina de los programas de loterías, Sevilla siguió derrochando simpatía y compartiendo con los espectadores algunos de sus despistes y mejores trucos de belleza; como aquel comentado esparadrapo que se colocaba a veces detrás del cuello a modo de lifting.

Fue en 2010, tras varias temporadas al frente del icónico Cine de barrio –donde el director del programa cuenta que le chivaba a menudo por el pinganillo lo que tenía que preguntar a los invitados–, cuando la artista recogió sus bártulos y se retiró definitivamente.

Ahora, a sus 90 años recién cumplidos, Sevilla es ya incapaz de reconocer caras familiares o recordar quién fue en su día. Sus muchos fans, sin embargo, continúan venerando a cada instante la figura de la que probablemente ha sido la actriz más guapa de España.

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