En 1996, cuando supimos que una película así existía y que aquellos pósters no eran parte de una elaborada broma, muchos nos echamos a reír. Pero jugar con las fuerzas del Bajo Astral siempre es peligroso, con lo que nuestra soberbia fue oportunamente castigada: aunque pasáramos olímpicamente de su estreno en cines (nosotros estábamos a otras cosas, indudablemente más ‘serias’ y ‘artísticas’), el hechizo de Jóvenes y brujas nos atrapó con el tiempo a través de la TV o el dvd… y nos enseñó una valiosa lección sobre no subestimar según qué películas.

Durante el arcano ritual que supuso su visionado, el filme de Andrew Fleming nos reveló verdades que no se encuentran en la Clavícula de Salomón, la Tabla de Esmeralda o el Libro de Abramelín, entre otros grimorios ilustres. Verbigracia: que una película puede ser más petarda que una bomba de neutrones (y, efectivamente, la cinta contiene dosis masivas de camp, jolgorio y despendole) sin por ello conectar con las verdades esenciales del Universo y, más importante aún, con las de la adolescencia.

Así pues, ahora que The Craft: Legacy (su secuela con el sello Blumhouse) ya tiene tráiler y fecha de estreno, trazamos nuestros círculos de protección y nuestros pentáculos, empuñamos el cáliz y la espada y procedemos a la invocación. Solo que aquí no aspiramos a conversar con el Santo Ángel Guardián (los periodistas de cine no tenemos de eso), sino con el aquelarre juvenil más desastroso de la Los Ángeles de los 90: a ver qué tiene que contarnos…

Su estética: ¡lo veo todo negro!

Si bien la traducción de títulos de cine suele darnos muchos disgustos, debemos afirmar que quienes decidieron alterar el título original de The Craft para su estreno en nuestro país lo hicieron inspirados por Isis. Porque esa palabra inglesa que significa a la vez “arte” y “oficio” (“la ciencia y el arte de provocar cambios de acuerdo con la Voluntad”, como dijo el otro) se ajusta al lado más solemne de las artes herméticas, pero el apelativo castellano evoca cosas bastante diferentes…

Más que una excursión a pulmón libre en el Otro Lado, ese Jóvenes y brujas evoca un reportaje de la revista Ragazza (¿alguien la recuerda?) sobre cómo maquearte para un concierto de Marilyn Manson (que lo petaban fuerte en el año de estreno de esta película) o, en el caso de las más clásicas, de Siouxsie and the Banshees, The Cult The Sisters of Mercy. No decimos esto como un desdoro, sino todo lo contrario: nosotros también fuimos unos siniestros adolescentes (en nuestra época, eso de “gótico” aún no se estilaba) y sabemos que el eyeliner, la joyería de plata y el pelo nido de pájaro pueden darle personalidad hasta al look más rancio de colegio de pago.

La ciudad: Los Ángeles… y los otros

Ya desde los días de Billy Wilder Perdición, está claro que la ‘Ciudad de los Ángeles’ tiene más que ver con las criaturas de la Goecia que con las entidades que le dan nombre. Ahora bien: el lado paranormal de esta metrópoli californiana no ha sido tan abordado como debería por el cine, aunque lo pida a gritos, y por ello Jóvenes y brujas es una pieza crucial en nuestra colección junto con El príncipe de las tinieblas, El sello de Satán y otras películas que lo exploran.

Parques corroídos por la sequía, chalets de urbanización donde tienen lugar ritos paganos, decadentes mansiones de estilo colonial y esas tiendas de ocultismo cuyas dependientas son clavaditas a una Assumpta Serna con muchas horas de vuelo en Ibiza son algunos de los lugares que nos hace visitar Jóvenes y brujas. Y, como suele pasar, la maniobra sale que ni pintada, porque esto nos indica que ni el lugar más inofensivo está a salvo de las potencias de lo Oculto… o de la hipocresía, la discriminación y el acoso, que son fuerzas todavía peores.

El reparto: Fairuza nos embruja

Como suele pasar con los filmes de culto, Jóvenes y brujas funcionaría bastante peor de no ser por sus actrices protagonistas. Por ejemplo, puede que la protagonista Robin Tunney (Sarah) no haya tenido una carrera para tirar cohetes, pero seríamos injustos si no recordásemos que estuvo tanto en este filme como en la siempre reivindicable Empire Records. Por otra parte, también es de destacar la presencia de una Neve Campbell aún lejos del éxito masivo de Scream, pero muy lucida como la oportunista y vanidosilla Bonnie. 

Pero sin ánimo de hacer de menos a las anteriores (ni a Rachel True), está claro que la reina del aquelarre es Fairuza Balk. Gracias a la actriz, muy aficionada al ocultismo en la vida real, Nancy Downs se convierte en una de esas villanas con las que todo el mundo puede identificarse: la chica pobre y maltratada que, creciendo en un entorno de subido pijerío, acaba reaccionando a dentellada limpia. Vale: eso de inducirle mágicamente una alopecia a la pobre Laura Lizzie, arrastrar a sus compañeras menos avispadas al lado oscuro e incluso ser la responsable de una muerte o dos fue exagerar un poco… pero sus pecados llevaron consigo su propia penitencia. Angelita.

La magia: más real de lo que parece 

En parte como stunt publicitario, en parte para darle verosimilitud a la cosa, Andrew Fleming y el guionista Peter Filardi se tomaron muy en serio el componente sobrenatural de Jóvenes y brujas. Hasta tal punto fue así que contaron con la asesoría de Pat Devin, activista y practicante de la llamada ‘wicca’, un movimiento espiritual que reivindica el esoterismo y el paganismo como formas de empoderamiento femenino. De este modo, los rituales que vemos en la película resulta bastante más apegados a la realidad (o a lo que hay de real en estos ejercicios) que el de muchos otros títulos del ramo.

Siempre bajo la premisa de que la cinta “no era un documental, sino la historia de cuatro chicas divirtiéndose con la magia”, Devin proporcionó los encantamientos y las invocaciones usadas en la película. Y, en el proceso, se cuidó muy mucho de mencionar a deidades como Kali Hécate (tocarles las narices a tamañas potencias, aseveró, conlleva sus riesgos), introduciendo a cambio un pequeño guiño cinéfilo junto a Filardi, porque ese ‘Manon’ a la que invocan las protagonistas es en realidad una figura femenina. En concreto, la heroína de La venganza de Manon, tremebundo dramón rural dirigido por el francés Claude Berri en 1986 y protagonizado por Emmanuelle Béart. 

Los sustos: asustan de verdad

Más allá de las consultants que llaman a las Diosas de tú, Jóvenes y brujas hace un muy buen trabajo usando la magia como metáfora de ese proceso de autodescubrimiento que siempre se da en la adolescencia. El cual, muchas veces, surge como respuesta a los horrores del mundo real: escenas como la terapia dermatológica que sufre el personaje de Neve Campbell, por ejemplo, pueden ponerle el estómago en la boca al más pintado. Y el retrato que la película hace del acoso escolar sería, hoy en día, carne de trigger warning.

Pero aquí no hemos venido a hablar de un dramón social, sino de carnaza teen en estado puro. Y todo el tercio final del filme lo demuestra en escenas como esa, conocida familiarmente como “la de los bichos”, para la que hicieron falta 3.000 serpientes, entre ellas una boa constrictor de más de tres metros y unos cuantos raros ejemplares albinos de otras especies. Bien mirado, eso sí, lo más espeluznante de todo puede ser la idea de cuatro adolescentes así como resentidillas y egocéntricas manejando poderes más allá de lo controlable…

La banda sonora: invocando a nuestra hermana demonio

Más allá de las piezas originales de Graeme Revell (un nigromante del rock industrial convertido en mercenario de la partitura), la música de Jóvenes y brujas se atiene a lo habitual en la edad de oro del ‘soundtrack album’: los productores tomaron a grupos sin demasiado fuste y los pusieron a grabar versiones de clásicos del pop, para así escatimar el pago de derechos. Así pues, este apartado no debería ser especialmente memorable, ¿verdad?

Pues resulta que sí que lo es. En su momento, más de un aficionado al rock psicodélico tuvo que tragarse sus prejuicios hacia el filme escuchando esa versión de Tomorrow Never Knows (The Beatles) en los créditos iniciales, mientras que la llegada de las protagonistas luciendo sus galas brujeriles en el instituto no sería lo mismo sin el Dangerous Type de The Cars a cargo de Letters to Cleo (un grupo, por cierto, también presente en 10 razones para odiarte, otra obra maestra).

Sumemos a eso la presencia de Matthew Sweet (su Dark Secret, inolvidable en la escena del ritual playero), Portishead y la mismísima Siouxsie son también alicientes para ganarle respeto a la faceta musical de Jóvenes y brujas. Pero esta relación no estaría completa sin mencionar ese How Soon Is Now (The Smiths) que, interpretado por Love Spit Love, resurgió mágicamente en un lugar bastante insospechado…

La serie: hija y heredera de una timidez criminal

Efectivamente: cuando escuchamos por primera vez How Soon Is Now en los créditos de Embrujadas, muchos pensamos algo así como: “¡Ostras, no sabía que Jóvenes y brujas tenía una serie!”. Y, en justicia, no la tuvo: como tantas otras películas de su época, el filme que nos ocupa estuvo a punto de sufrir una secuela directa a vídeo (afortunadamente cancelada), pero su relación con el show de las hermanas Halliwell fue totalmente extraoficial.

Resulta que, cuando su película se convirtió en un hit de culto entre teenagers raritos, Andrew Fleming quiso convertirlo en serie de TV, escribiendo incluso el guion para un piloto. Los ejecutivos de Fox no le vieron la gracia a la idea… pero los de The WB sí que se la vieron. Según el cineasta y Robin Tunney, que montan en cólera ante la mera mención de la serie, el canal empleó dicho proyecto como base de Embrujadas sin avisar a nadie ni acreditar a los autores del original. Lo sentimos por Fleming y por la actriz… aunque cualquiera diría que los plagiadores pagaron sus culpas aguantando a Shannen Doherty en el plató. Ya se sabe: todo el bien y el mal que provocas mediante la magia regresa hasta a ti multiplicado por tres…

The post ‘Jóvenes y brujas’: 24 años de magia y petardeo appeared first on Cinemanía.