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EMPECEMOS POR UNA LEYENDA, por una de esas historias sobre cine que casi son una invitación a no investigar, no sea que, por hurgar en ellas, se acabe por destruir su magia. Esta es una leyenda que no se sabe bien cuándo sucedió, sólo que fue en algún momento a finales de los 60 o principios de la década posterior, tras la celebración de un festival de televisión. El nombre del certamen en cuestión tampoco está claro y según quién cuente la historia, puede ser Montecarlo, Praga o cualquier otro de los muchos que estaban de moda por entonces. Lo único que tenemos claro es que, al parecer, era de noche.
El festival había terminado e Ibáñez Serrador daba un paseo por la ciudad. A su lado, un joven norteamericano se lamentaba una y otra vez por no haber ganado ningún premio. Tenía dudas sobre su carrera y, como todo joven realizador que se precie, posiblemente pensara que aquel podía ser el momento para abandonar y dedicarse a otra cosa. Chicho contenía la emoción, puesto que él había sido el ganador del festival y, en lugar de presumir de victoria, se encargaba de darle ánimos al joven, diciendo que su trabajo era muy bueno y que seguro que le esperaba un gran futuro por delante. En algún momento, en aquella ciudad desconocida, el Rey Midas de la televisión española y el chico norteamericano se despidieron para no volver a cruzarse nunca más. No muchos años después de ese encuentro, cada uno de ellos estrenaría una película y ambas contendrían una imagen común en sus primeras secuencias: la de un cadáver encontrado en una playa. Las dos películas serían ¿Quién puede matar a un niño? y Tiburón. La cinta de Spielberg serviría para poner el primer cimiento de una nueva etapa en Hollywood, revolucionando la historia del cine. Por el contrario, la de Ibañez Serrador no iba a ser tan apreciada pese a que suponía un soplo de modernidad en el cine español de terror. Esta es su historia.

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LOS NIÑOS TERRIBLES
La aventura de ¿Quién puede matar a un niño? empezó en 1970 con un material que parecería más propio del terror moderno americano: el trauma de Vietnam. Aquellas imágenes de niños corriendo y napalm estallando inspiraron a Juan José Plans para escribir un relato en el que la naturaleza utilizaba a los niños para acabar con la humanidad. Plans era una de tantas jóvenes promesas que, en aquellos tiempos, buscaba su oportunidad entre las páginas de publicaciones hoy olvidadas como Anticipación, Nueva Dimensión o incluso Historias para no dormir, la versión de papel de la serie creada por Ibáñez Serrador. Convencido de la idea que acababa de tener, decidió darle forma de relato, leyéndolo en octubre de aquel año dentro de un espacio de Radio Nacional dedicado a las historias de terror. Después de probar fortuna con la radio, la publicó en dos entregas de la revista Cosmópolis y, para cuando quiso hacer el tercero de los experimentos con él, surgió la idea que lo cambiaría todo.

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Colaborador en la revista de Historias para no dormir, Plans había recibido el encargo de buscar ideas con las que crear la versión radiofónica del sello. En mitad de una reunión, el escritor citó su relato sobre niños asesinos, despertando la curiosidad de Chicho, que, tras leerlo, decidió que lo mejor era utilizar esa historia para convertirla en su segundo largometraje. “Dijo que había nuez suficiente para una película”, recordaba Plans cuando hablaba de aquella conversación. La historia de esa génesis fue muy parecida a la sucedida años antes con Juan Tébar y el relato que dio origen a La Residencia. Y también, al igual que entonces, el cineasta se encargó del guión en solitario, encerrándose durante cuatro días para escribirlo bajo su seudónimo Luis Peñafiel. Existieron cambios entre el original y la historia de Chicho. El más llamativo de ellos consistió en suprimir la idea de un polen que infectaba a los niños a lo Invasión de los ladrones de cuerpos, dejando más clara la idea de la venganza hacia los adultos; un tema acorde con la personalidad de Chicho y que incluso serviría para que la cinta se publicitara con la leyenda “Una película en defensa de los niños de todo el mundo”.

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Durante el casting en Inglaterra llegaron a barajarse varios nombres para dar vida a la pareja protagonista, desde Michael Caine o Anthony Hopkins para él, a Mia Farrow para ella (no en vano, La semilla del diablo sería, junto a Los pájaros y El pueblo de los malditos, una de las grandes influencias de la película). Finalmente, el reparto se cerró de forma menos ambiciosa, contando para el papel femenino con Prunella Ransome, actriz que había aparecido en El hombre de una tierra salvaje (la versión setentera de El renacido), y, para dar vida a su pareja, Chicho eligió a Lewis Fiander, un intérprete con el que no acabaría contento y al que todavía hoy crítica cuando se le pregunta por la película.

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Solucionado el casting, iba a surgir otro problema. ¿Quién puede matar a un niño? debía suceder en una isla, pero era imposible dar con un pueblo costero que tuviera una apariencia tranquila. Para solucionarlo, centraron el rodaje en Ciruelos, un pueblo a 43 kilómetros de Toledo, rodando los planos “con mar” en Almuñécar (Granada), Fornells (Menorca) o en Sitges, que por aquel entonces ya se postulaba como la capital espiritual del cine español de terror y donde la cinta inmortalizó su famosa Festa Major.

UN PAÍS DISTINTO
La película llegaría a los cines en 1976, pero su estreno no tuvo el recibimiento que se le podía esperar a una cinta dirigida por la personalidad televisiva más importante del país. Una parte de la razón pudo ser que la idea de los niños asesinos parecía demasiado atrevida y adelantada a su tiempo como para ser digerida sin más por crítica y público. De hecho, el cineasta tuvo que dar más de una explicación al respecto y aquello de “Una película en defensa de los niños de todo el mundo” parecía querer desviar la atención hacia el mensaje bienintencionado de la cinta. Por otro lado, hay que recordar que para esos años el cine español de terror ya no tenía ni las taquillas ni el interés del que había gozado en los tiempos de La residencia. Todavía hoy hay quienes se empeñan en culpar de ese cambio de gustos a la Ley del Cine que impulsó Pilar Miró como Directora General de Cinematografía, pero, ante eso, solamente un dato: la llamada Ley Miró entró en vigor en 1984 y ¿Quién puede matar a un niño? es una película estrenada en 1976. De modo que ese rechazo al terror patrio en ningún caso se debió a una legislación.

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Sea como fuere, lo cierto es que, aunque la película no tuviera la aceptación esperada, Chicho creó una de las propuestas más modernas y arriesgadas de toda la historia del género en España, con una cámara al hombro y una luz diurna que contrastaban con propuestas anteriores. La pena es que, a diferencia de lo que había ocurrido un año antes con la cinta de ese realizador norteamericano al que conoció en aquella ciudad europea, ¿Quién puede matar a un niño?, lejos de inaugurar ninguna nueva etapa, nos recordó el final de una. Menos mal que hoy, 40 años después, la cinta se ha convertido en película de culto para diferentes generaciones, sus ediciones se multiplican por todo el mundo y, por tener, hasta goza de un remake reciente con un título menos provocador:  Juego de niños.

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