Hablar de ‘psicohistoria’ es hablar de Isaac Asimov. Es más: es hablar de uno de los mejores Asimovs que hubo. Junto con las «leyes de la robótica«, la posibilidad de combinar historia, psicología, ciencias sociales y estadística para crear un framework capaz de predecir el comportamiento de grandes masas de personas ha sido una de las ideas que han calado más profundamente en el imaginario popular.

Tanto es así que, alejándose de los libros, la serie dedica bastante tiempo a hacer científicamente verosímil a la psicohistoria. Las largas conversaciones entre Hari Seldon y Gaal Dornick son buena muestra de ello y, entre los críticos, se ve como uno de los aciertos de la adaptación. O sea, es interesante, pero ¿estamos hablando de algo siquiera posible más allá de la ficción?

Y no hablo de toda esa amalgama de investigadores que, con el precedente freudiano de ‘El malestar en la cultura‘, dedicaron buena parte del siglo XX a encontrar las raices psicológicas de la historia. No, hablo de la búsqueda científica de una disciplina capaz de predecir nuestro futuro y diseñar intervenciones a una escala macrosocial nunca vista.

Incógnitas individuales y respuestas macrosociales

No es ningún misterio que Asimov se inspiró en el comportamiento de los gases y en lo que sabemos sobre sus dinámicas internas. Si nos fijamos en una molécula concreta de un gas, descubriremos que nos es virtualmente imposible saber cómo va a comportarse. En cambio, si observamos el sistema en su conjunto, sí podemos saber cómo se comportará una masa concreta del gas con un alto nivel de precisión.

De la misma forma, las ecuaciones de Hari Seldon serían incapaces de averiguar cómo una persona al azar se comportaría, pero permitían vislumbrar 30.000 años de evolución de la especie humana sin mayor problema. Como decía antes, se trata de una idea tan atractiva que ha arrastrado a muchos investigadores detrás. Sin embargo, los resultados no han sido tan prometedores como el sentido común nos hacía presagiar.

Un debate (polarizado) que marcó el siglo XX

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Soviet Artefacts

Durante buena parte del siglo XX, los economistas debatieron el llamado «problema del cálculo económico» como si les fuera la vida en ello. Este «problema» (que se debatió, sobre todo, porque formaba parte del corazón de la pugna entre capitalismo y socialismo) es solo una vertiente de la misma pregunta: ¿Hasta qué punto (y cómo) se pueden predecir las necesidades una sociedad? ¿Y, en caso de que se pueda, podríamos usar esas predicciones para planificar el desarrollo productivo (o de otro tipo) de la misma?

El debate sobre el cálculo económico se dio por cerrado con el hundimiento de la URSS en el 89. Es decir, se dio por bueno que se necesita un «sistema de precios no intervenido» para poder extraer información económica y, por ende, la planificación central era ineficiente. No obstante, el debate académico ha seguido vivo. No faltan académicos (el más popular ahora mismo puede ser Jon Studwell) que sostienen que el desarrollo del sudeste asiático pone de manifiesto que hay formas de resolver ese problema.

Y que marcará el futuro (próximo)

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Li An Lim

De hecho, mientras el debate de economía política se daba por cerrado, el cambio climático entraba en escena. No hay que llevarse a engaño: en la medida en que el origen antrópico de los cambios de tendencias globales quedaba demostrado, combatir el calentamiento se convertía en un particular ejercicio de psicohistoria. Dicho en román paladino: los modelos climáticos tienen que contar en sus entrañas con modelos socioeconómicos para tener algún viso de validez. Y la tienen.

Al fin y al cabo, nuestra capacidad de cuantificación, computación y modelización ha dado un salto de gigante en las últimas décadas. No está nada claro qué podría hacer la URSS (o un actor similar) hoy si contara con la misma cantidad de datos que posee Amazon, pero (incluso asumiendo la pérdida de eficiencia por los problemas de su sistema de precios) es plausible pensar que los resultados serían sustancialmente mejores.

Es decir, por primera vez en mucho tiempo, la suma del (very) big data, los modelos estadísticos contemporáneos y los algoritmos de aprendizaje automático hacen posible imaginar modelos predictivos que, aunque no rivalizarían con los de Seldon, sí que nos permitirían (nos están permitiendo) hacernos preguntas sobre lo que ocurrirá dentro de decenas de años y cómo podemos cambiarlo.

Una mala noticia y una buena

No obstante, incluso con este escenario tan prometedor, el futuro de una psicohistoria es más bien oscuro y desalentador. Claro que, hoy por hoy, podemos predecir, ver tendencias e identificar escenarios futuros. Sin embargo, aún con todo nuestro arsenal analítico, dicha capacidad depende de la estabilidad del entorno histórico: del ‘equilibrio socio-tecnológico’ en el que nos encontramos. El descubrimiento de una nueva tecnología, puede cambiarlo todo.

No solo tenemos ejemplos históricos como la ‘revolución verde‘ (la aparición de versiones mejoradas de maíz, trigo y otros granos a mediados de siglo XX) que convirtió las tremendistas predicciones de sobrepoblación e infierno demográfico en papel mojado; es que resulta fácil imaginar ejemplos futuros. A riesgo de caer en el solucionismo tecnológico, si mañana domesticáramos la fusión nuclear de forma segura y sencilla, es bien probable que todos los modelos climáticos quedaran desactualizados. Los veríamos tan sensacionalistas como los de Paul Ehrlich sobre demografía.

Esa es la mala noticia. En la medida en que no podemos predecir cuando aparecerán innovaciones realmente disruptivas (y no podemos), las predicciones a largo-medio plazo se vuelven casi ciencia ficción. Eso no quiere decir que no sean útiles, pero hemos de tomarlas como «posibilidades» y no como «destinos manifiestos». Como instrumentos para trabajar por un mundo mejor sin caer en un ‘sebastianismo‘ social, económico o climático.

Es decir, entender la psicohistoria como algo más que una cienciacomo parte de una idea esta sí que 100% asimoviana: la promesa de que la ciencia y la tecnología podían usarse para hacer frente a los problemas más importantes de la humanidad. Porque, como decíamos al hablar del origen de la idea de psicohistoria, «rendirse a la ignorancia siempre es prematuro y hoy más que nunca». Esta, sin lugar a dudas, es la buena.