La disparidad entre ricos y pobres marcó la vida de Paul Collier desde su nacimiento, en 1949, en la ciudad de Sheffield (Inglaterra). Fue el primero de su familia que tuvo la oportunidad de terminar el colegio e ir a la universidad para formarse como economista. Desde joven tuvo una meta clara: usar sus conocimientos para combatir la pobreza alrededor del mundo.

Esa batalla la ha librado desde la academia y el sector público. Ha sido profesor en la Universidad de Harvard y en Science Po. En 1986 fundó el Centro para el Estudio de Economías Africanas en la Universidad de Oxford, organismo que dirigió durante casi 30 años. Collier también ha asesorado a importantes instituciones como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. En esta última, además, se desempeñó como director del principal departamento de investigación entre 1998 y 2003.

(Le puede interesar: ‘No es necesario que Maduro se vaya para que Venezuela supere crisis’)

Este economista inglés ha escrito 9 libros sobre temas tan diversos como la inmigración y los refugiados, el cambio climático y los conflictos armados. En 2010 publicó El planeta saqueado, obra de tan alto impacto que llevó a cinco de las principales economías del mundo a firmar la Iniciativa de Transparencia de las Industrias Extractivas, un tratado global que regula la extracción de recursos naturales. Además, por sus investigaciones y labor social en África, en 2014 la reina Isabel II nombró a Paul Collier caballero de honor del Reino Unido.

Hace 12 años usted publicó El club de la miseria, que es sobre los miles de millones que estaban en pobreza. ¿Cuál es la idea central de ese libro?

El libro argumenta que el concepto de contrastar a los ‘países en vías de desarrollo’ con los ‘países desarrollados’ estaba desactualizado. Dentro del grupo de los llamados ‘países en vías de desarrollo’ había muchos que eran economías emergentes. Y el ingreso promedio de la población en esos países se estaba acercando muy rápidamente al ingreso promedio en países desarrollados. A menudo, esa brecha se estaba cerrando a un paso sin precedentes, como es el caso de China. Pero había unos 60 países que seguían figurando en lo más bajo de la economía global. No lograban salir de la pobreza, y en algunos casos se trataba de países que estaban literalmente desmoronándose y sus ingresos estaban colapsando.

Doce años después de que usted publicó ese libro, ¿qué le cambiaría hoy?

No mucho. La mayoría de esos países pobres no han logrado avanzar. Y eso es sorprendente porque tuvieron una década de oro entre 2003 y 2013, en la cual hubo condonación de deudas, los precios de los productos básicos aumentaron y se comenzaron a realizar nuevas exportaciones de recursos naturales. Luego llegó China a decir: ‘Pagaremos por parte de su infraestructura, solo firmen aquí’. Los presidentes de estos países firmaron los contratos y obtuvieron nuevos aeropuertos, estadios, a veces carreteras o vías de tren. Pero después de la crisis financiera global, el mundo se vio inundado con capital. De modo que estos países pudieron volver a recibir préstamos y ahora tienen deudas enormes. Así que, a pesar de todas esas cosas maravillosas que ocurrieron entre 2003 y 2013, estas naciones todavía están muy lejos de las economías emergentes.

La mayoría de esos países pobres no han logrado avanzar

Hace poco publicó El futuro del capitalismo, que es una crítica muy severa de ese sistema. ¿Cuáles son los tres principales defectos del capitalismo?

Bueno, el capitalismo es el único sistema que ha demostrado ser capaz de aumentar los estándares de vida, así que al final no soy anticapitalista. Pero si uno deja que el capitalismo funcione por sí solo, eventualmente se descarrila. Y, desde 1980, el capitalismo ha generado diferencias extremas dentro y entre las sociedades.

Una de esas diferencias es la brecha entre la metrópolis, o la ciudad más grande de un país, y todas las demás, como consecuencia de la globalización. Por ejemplo, yo me crié en la ciudad de Sheffield, que era un centro global para el acero. Pero cuando Asia comenzó a crecer, la dinámica de la industria del acero cambió rápidamente. En un periodo de cinco años, Sheffield colapsó y nunca logró recuperarse. De modo que en Inglaterra vemos una brecha entre ciudades provinciales como Sheffield y metrópolis como Londres, que sí ha crecido. Esto ha sucedido en la mayoría de los países pertenecientes a la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos.

La segunda brecha es educativa entre los mejor educados, que desarrollaron habilidades sofisticadas, y los menos educados, que invirtieron en habilidades manuales que han perdido valor en la sociedad.

Y la tercera brecha, que es consecuencia de las primeras dos, es un aumento en la desigualdad de ingresos.

Desde 1980, el capitalismo ha generado diferencias extremas dentro y entre las sociedades

Usted sostiene que la declinación de la familia como unidad básica de la sociedad es una razón, una fuerza que está haciendo que el capitalismo fracase…

Sí, yo estimo que una sociedad saludable es una densa red de obligaciones mutuas, y uno de los vehículos claves para esas obligaciones mutuas es la familia. Ha habido un gran desvío en los últimos 40 años hacia el individualismo. Celebramos la libertad de la persona adulta, pero los seres humanos no nacemos libres. Nacemos completamente dependientes. Cuando somos bebés y niños pequeños, somos absolutamente dependientes de las obligaciones familiares. Y la familia ha visto un fuerte declive. De modo que el triunfo del individualismo ha pisoteado tanto a los dependientes más jóvenes como a los dependientes mayores. Es decir, los adultos de mediana edad han reducido sus obligaciones hacia los más jóvenes y hacia los más viejos.

(Además: ‘Estados Unidos está malgastando en armas que ya no se necesitan’)

¿Y qué hacer?

Tenemos que fortalecer las familias. Por ejemplo, el apoyo a estas por parte del Estado se supone que debe ayudar a las familias jóvenes que están en problemas. Las parejas se casan temprano, tienen un par de niños y es muy estresante. Pero el trabajo social en Reino Unido ha sido diseñado para supervisar, monitorear y disciplinar a las familias, y no para apoyarlas. Los trabajadores sociales pasan un 86 por ciento de su tiempo administrando este sistema de monitoreo, en lugar de pasar tiempo con las familias. Y cuando sí pasan tiempo con la familia, usan ese tiempo para recolectar la data que alimenta su sistema de monitoreo. Lo que necesitamos es desprender por completo el apoyo a las familias de ese sistema.

Fortalecer a la familia es una de las soluciones que usted propone. ¿Cuáles otras?

Después de la familia, la otra entidad que es absolutamente crucial para la sociedad es la empresa privada. Hasta hace unos 50 años, las empresas tenían una obligación moral, como las familias. Y en muchas sociedades, hemos redirigido las obligaciones de las familias, de las empresas privadas, e incluso de los gobiernos locales, al Estado central, que no puede asumir todas esas responsabilidades. Y, de hecho, en mis interacciones con empresas, encontré que los empresarios no quieren que el único propósito de su negocio sea generar ingresos para sus accionistas, sino que quieren tener un propósito mayor. Y debemos darles la libertad para que cumplan con ese propósito.

Quiero cambiar de tema para hablar de dos países en crisis: Reino Unido, su país, y Venezuela, mi país. Déjeme comenzar con el suyo. Ustedes tienen una crisis de gobernabilidad terrible. Hay un debate, la sociedad está profundamente dividida… Cuéntenos qué pasó.

Obviamente el voto del brexit fue un motín. Pero no fue un motín contra Bruselas, que es el centro administrativo de la Unión Europea. Fue un motín contra Londres.

En Inglaterra y Gales, todas las regiones fuera de Londres votaron a favor del brexit. ¿Y qué es lo que estas personas tienen en contra de Londres? Precisamente dos brechas, que han sido particularmente extremas en Reino Unido: los jóvenes más educados e inteligentes se han mudado a Londres y les ha ido muy bien. Pero ha habido un abandono sistemático del resto del país.

Después de la familia, la otra entidad que es absolutamente crucial para la sociedad es la empresa privada

¿Cuál es el futuro de Inglaterra en este sentido? ¿Va a formar parte de la comunidad europea o se va a salir?

Tenemos que sanar estas diferencias, y no se sanarán con una victoria para un bando o para el otro. Un bando, por supuesto, quiere permanecer dentro de la Unión Europea y aplastar a los que apoyan el brexit. Pero dispararle a los amotinados que apoyan al brexit, cuando representan el 52 por ciento de la población, no es una estrategia realmente inclusiva. El otro bando quiere salirse de la Unión Europea. El problema es que este motín, como todos los motines, no iba acompañado de una estrategia a largo plazo. En el motín más famoso de nuestros tiempos, el motín del navío Bounty de la marina británica, un grupo de marineros se rebelaron porque no les estaban dando suficiente agua para tomar, pues estaban guardando el agua para unas plantas que estaban transportando. Ahora bien, el propósito del motín no era terminar en una diminuta isla en el océano en medio de la nada, pero eso fue lo que les sucedió. Su estrategia no era una con visión a largo plazo. El Reino Unido bien podría terminar como una diminuta isla en un gran océano, en medio de la nada, a pesar de que eso no era lo que la gente quería. Lo que la gente quería era que ese desprecio y esas grandes diferencias fueran reconocidas y atendidas. Fue un aullido de ira en contra de la creciente desigualdad del sistema.

(Además: ‘Maduro sabe que sería suicida lanzarse a una guerra contra Colombia’

¿Y qué tiene que pasar para que ocurra esto que usted describe?

Necesitamos redistribuir. Pero no solo los ingresos. No es solo redistribuir el consumo. Esa fue la estrategia que se aplicó entre mediados de los años 90 y 2010 bajo el liderazgo del Partido Laborista Británico. Y no funcionó. La gente se siente digna cuando puede contribuir a la sociedad. Y lo que la gente quiere es tener oportunidades productivas en aquellos sitios a donde pertenece. Por eso no hay otra alternativa sino hacer que cada región tenga al menos una ciudad que sea una ciudad del futuro, una ciudad exitosa. Eso es perfectamente factible. Sabemos muy bien cómo hacerlo, y con un poco de experimentación realmente sabremos cómo lograrlo.

Usted es un experto en países que colapsan, en países frágiles. Está el caso de Venezuela, un país que está sufriendo una crisis muy severa. ¿Qué puede aprender Venezuela de otros casos que han ocurrido en el resto del mundo?

En primer lugar, todas estas situaciones son muy duras. Y yo sospecho que lo que se necesita es una fase de poder compartido. Esa fase de poder compartido entre partidos que no confían entre sí será muy precaria al comienzo. Luego evolucionará y tendrá su propia dinámica y ambos partidos tendrán que tragarse sus palabras.

Lo que la gente quiere es tener oportunidades productivas en los sitios donde pertenece. Por eso no hay otra alternativa sino hacer que cada región tenga al menos una ciudad

Las Fuerzas Armadas obviamente tendrán que retirarle el apoyo a Nicolás Maduro. Y las fuerzas democráticas tendrán que posponer su condición de realizar elecciones libres. Creo que unas elecciones apresuradas pueden empeorar las cosas en vez de mejorarlas. Hemos visto ese escenario en varios países involucrados en la Primavera Árabe, como Libia, donde un gobierno elegido democráticamente no logró controlar el territorio nacional. También lo vimos en Zimbabue. En el 2017, en este país se deshicieron del ahora fallecido dictador. Y la comunidad internacional dijo: ‘No habrá dinero hasta que un gobierno legítimo haya ganado una elección’. Los dos bandos se enfrentaron en unas elecciones en las cuales por supuesto el oficialismo ganó. La oposición dijo que eso no era un gobierno legítimo. El oficialismo acudió a la violencia y el resto ha sido un completo desastre.

Así que aceptar esa fase de poder compartido creo que es la mejor alternativa. Sudán acaba de hacer eso y no ha sido precisamente el mejor de los escenarios, pero al menos está empujando a la sociedad hacia adelante, en lugar de mirar hacia atrás a modo de queja. Se debe construir gradualmente un propósito común, y eso es difícil.

MOISÉS NAÍM