La Unión Europea ha pasado los últimos 10 años saltando de crisis en crisis. La última, una pandemia que ha puesto en jaque los sistemas de salud pública del continente, ha provocado la mayor recesión de la Historia y llega en un momento de la integración europea en que los Estados Miembros tienen cada vez menos apetito para reformas.

El 2 de marzo de 2020, la Comisión Europea organizó en Bruselas su primera gran rueda de prensa sobre la crisis del Covid-19, con varios centenares de casos en Europa y el epicentro en Italia. Unas semanas más tarde, el territorio europeo se había convertido ya en una de las zonas más afectadas del mundo. Aquel evento se celebró en una sala diminuta del centro de Coordinación de la Respuesta a Emergencias de la UE, donde varias decenas de periodistas de distintas nacionalidades se apelotonaban para conseguir respuestas. Entonces era rutina, hoy, una temeridad.

La UE llegó tarde a la crisis, se mostró lenta, desordenada. Ante el pánico, los gobiernos de buena parte de los 27 reaccionaron mirando hacia adentro, cerrando unilateralmente fronteras o frenando las exportaciones de material médico por miedo a los problemas de abastecimiento, frente a unas Italia y España que ya sufrían las consecuencias. Las faltas de coordinación, solidaridad y medios al inicio de la crisis pusieron de manifiesto que tampoco la Unión estaba preparada para la pandemia, e hicieron mella. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen entonó el mea culpa y ofreció excusas a Italia. «Pero decir ‘lo siento’ sólo cuenta si hay un cambio de comportamiento», advirtió la presidenta.

Han pasado casi cinco meses desde el punto más duro de la crisis. La Unión ha coordinado compras de material, redirigido fondos para apoyar a los países más castigados y diseñado un ambiciosísimo paquete económico en manos de los Estados Miembros. Las cifras de contagios, hospitalizaciones y fallecimientos están en mínimos. Las medidas de confinamiento para contener la expansión de la enfermedad se han relajado, las fronteras se abrieron, lo que ha llegado inevitablemente a un incremento de los casos. La crisis no ha acabado.

Los nuevos rebrotes preocupan tanto en Madrid como en Bruselas, como la posibilidad de una segunda ola. La pasada semana, la Comisión presentó una hoja de ruta para ampliar el alcance de las pruebas de diagnóstico, el rastreo de contactos y la vigilancia, para asegurar el suministro de material sanitario y medicamentos, reforzar los sistemas de sanidad… Pero en gran medida, estas acciones dependen en último término de las autoridades nacionales. Las competencias en salud pública están en manos de los Estados Miembros.

Una encuesta reciente del Parlamento Europeo muestra que una mayoría la ciudadanía cree que la UE debería tener más margen de maniobra para gestionar una catástrofe como la pandemia del coronavirus y también más medios para paliar sus consecuencias económicas o sociales. «La UE ha aprendido que tiene que más ser rápida en la respuesta y más resiliente frente a futuras emergencias de salud pública», explica a EL MUNDO la líder del Partido Popular en el Parlamento Europeo, Dolors Montserrat, que argumenta a favor de la creación de una suerte de Unión de la Salud para garantizar una mejor coordinación y gestión de crisis sanitarias. Una idea que comparten casi unánimemente los grupos de la Eurocámara.

«Debemos aumentar la capacidad de nuestros sistemas sanitarios, y establecer planes de contingencia, un sistema de alerta precoz, y el refuerzo de la coordinación dentro de cada país y entre los distintos Estados Miembros», coincide el jefe de la delegación socialista, Javier Moreno, que insiste también en la necesidad de reforzar las agencias y los mecanismos de respuesta a enfermedades existentes que han resultado ser insuficientes.

El fondo de reactivación de la economía incluye una modesta partida presupuestaria para reforzar los sistemas de Salud pero para una cesión de competencias, «no hay apetito en los Estados Miembros», admite el investigador del Real Instituto Elcano Ignacio Molina. «Eso no significa que no se pueda mejorar elementos de coordinación», añade Molina, que apunta a la posibilidad de crear una suerte de teléfono rojo que permitiera una comunicación de urgencia entre capitales en caso de catástrofe y una especie de estado de alarma europeo bajo el control de las capitales que incluyera cuestiones clave como las fronteras.

«La pandemia nos ha demostrado que la vulnerabilidad es compartida y que las respuestas deben serlo también», asegura María Eugenia Rodríguez Palop, al frente de Unidas Podemos en la Eurocámara. La diputada cree que la falta de competencias podría haberse suplido con voluntad política. «Los ciudadanos esperan que Europa responda, quieren que les resolvamos los problemas, no se fijan en quién tiene las competencias», coincide Luis Garicano, jefe de filas de Ciudadanos.

En sus memorias, uno de los padres fundadores de la UE, Jean Monnet, escribió que «Europa se forjará en las crisis y será la suma de las soluciones adoptadas durante esas crisis». Los cambios en la Unión rara vez se producen de manera dramática, con inesperados giros de guión y fuegos artificiales. «La Unión Europea suele ser menos espectacular como fenómeno político», admite Molina. Las reformas son lentas, aburridas, con negociaciones técnicas y correosas, semanas sino meses de reuniones y cumbres para cambiar un párrafo, una coma, hasta acomodar la posición de 27 países con intereses y visiones distintas. La pandemia ha sido y es, por encima de todo, una crisis sanitaria pero con la percepción de que lo peor ha pasado, la negociación sobre la respuesta a las consecuencias socio-económicas de la emergencia ha empañado cualquier discusión sobre una respuesta de salud común.

«La salud no está en el punto de mira de los líderes en este momento. Están discutiendo otras cosas como la recuperación económica, es una reacción humana», explica la investigadora del European Policy Center Sophie Pornschlegel, que añade además que «los líderes de la UE no tienen incentivos para avanzar en la integración europea porque su electorado es nacional». Un problema estructural, junto con la necesidad de unanimidad o la reforma de los tratados -una caja de Pandora que pocos quieren abrir-, para avanzar en determinados ámbitos. «Es fácil echar la culpa a la UE y decir que Bruselas no está haciendo nada pero el problema es que tenemos problemas estructurales profundos que hacen difícil moverse rápidamente ante una crisis como ésta», añade Pornschlegel.

Sin embargo, hay quien encuentra optimismo en la crisis. «Los desastres pueden ser catalizadores que ponen de manifiesto que es posible lo que durante mucho tiempo se dijo que era imposible», asegura Palop que defiende la oportunidad para cuestionar los mantras de la Unión en política fiscal, monetaria o energética. «Yo creo que las lecciones de la crisis de 2008 se han aprendido y que las respuestas no son comparables», asegura Garicano, que considera que Europa ha avanzado mucho más rápido esta vez, particularmente en su respuesta económica.

Las instituciones comunitarias llevan una década de gestión en gestión de crisis, desde la financiera en 2008, que casi da al traste con el euro, a la migratoria en 2015 que amenazó la existencia del espacio de libre circulación y, por supuesto, la política en 2016 con la salida de Reino Unido, la primera vez que un país decidía abandonar la Unión. Todas fueron extremadamente dramáticas, todas fueron una amenaza al proyecto europeo, pero los cambios llegaron a cuentagotas y, en algunos casos, a medias. La crisis financiera abrió la puerta a una reforma de la Unión Económica y Monetaria todavía inconclusa. La gestión de la crisis migratoria dinamitó el sistema de Dublín, pero la reforma de la política común de migración y asilo lleva meses bloqueada en el Consejo. Y el impacto del Brexit sigue siendo de alguna manera una incógnita. Con la pandemia, la UE vuelve a enfrentarse a los mismos fantasmas.

«Hemos tenido una policrisis en los últimos 10 años. Desde el Tratado de Lisboa (en 2008), no ha habido demasiados avances en la integración europea», explica Pornschlegel. La política europea se ha complicado en los últimos años. Aquellos años en los que el eje Berlín-París era suficiente para hacer avanzar Europa han acabado. La Presidencia del Eurogrupo o la negociación del plan de recuperación en una cumbre interminable con los líderes enfrentados durante días son una buena muestra de ello. «Dirigir la UE en estos momentos se ha vuelto muy complicado», admite Ignacio Molina.

Fue otro padre fundador de la UE, Robert Schuman, quien escribió que «Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho». La pandemia ha puesto de nuevo de manifiesto tanto la necesidad de una fuerte solidaridad europea, como las enormes diferencias entre los Estados Miembros. De los líderes depende que pase a la Historia como otro episodio poco espectacular aunque determinante en la Historia de Europa.

Un objetivo: salvar el mercado único

Una de las primeras medidas que la Comisión Europea puso en marcha para apoyar la economía durante la crisis fue la relajación de las normas comunitarias de Competencia, para permitir a los Estados Miembro ayudar a sus empresas a través de masivas ayudas públicas. Pero entre los Veintisiete no todos tienen la misma capacidad fiscal, por lo que la medida ha puesto en peligro el ‘fair play’. Un solo país, Alemania, contabiliza la amplia mayoría de las ayudas autorizadas por el ejecutivo europeo. Y esto preocupa a los más pequeños. Luis Garicano coincide en que es un reto para el mercado común pero no una herida de muerte. «Debe buscarse un equlibio entre ayudar a los sectores productivos para que generen empleo, y garantizar una competencia justa», apunta Dolors Montserrat. Los países más afectados por la pandemia, sobre todo Italia y España, son también los que tienen menos margen de maniobra. Por eso es «tan sangrante», apunta Palop, que sean los grandes beneficiarios del mismo, entre ellos Holanda, «los que obstaculicen un plan y un presupuesto que son imprescindibles para que ese desequilibrio dentro de la UE no acabe con el mercado único». / B. R.

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