El líder bielorruso, presionado por las constantes protestas en su país, consigue un préstamo de 1.500 millones de dólares tras reunirse en Sochi con el presidente ruso, que se ha mostrado más distante y aburrido que de costumbre

Alexander Lukashenko y Vladimir Putin, durante la reunión celebrada...

Alexander Lukashenko y Vladimir Putin, durante la reunión celebrada este lunes en Sochi.
AFP / PRESIDENCIA DE RUSIA

Acosado durante semanas a las puertas de su residencia por decenas de miles de descontentos, el líder bielorruso Alexander Lukashenko bajó hoy en mangas de camisa al aterrizar en la ciudad rusa de Sochi para entrevistarse con el presidente ruso, Vladimir Putin, pero los 38 grados de temperatura fueron lo única calidez que le brindó Rusia. En el aeropuerto sólo lo recibieron autoridades regionales.

Durante la entrevista el líder ruso estuvo distante y el lenguaje corporal retrató a Lukashenko ante las televisiones con las manos juntas implorantes, secándose el sudor de las cejas mientras renunciaba al título de primogénito de la difunta Unión Soviética. Las protestas que han sacudido su país han bajado los humos al autócrata bielorruso: «Estos acontecimientos nos mostraron que debemos estar más cerca de nuestro hermano mayor». Putin se esforzaba en parecer más aburrido que de costumbre.

Lukashenko, que lleva en el poder más tiempo que Putin y durante décadas se hizo llamar ‘batka‘ (padre) en su país, ya llamó la semana pasada al presidente ruso «hermano mayor», sugiriendo además que sus destinos estaban ligados: «Si Bielorrusia se quiebra, Rusia será la siguiente».

Putin le concedió lo más urgente: dinero. Y dejó en suspenso todo lo demás. Prometió un préstamo de 1.500 millones de dólares, aunque dio pocos detalles sobre las condiciones.

Desde su exilio en Lituania, la líder opositora Svetlana Tijanovskaya, reaccionó dirigiéndose a sus «¡queridos rusos!» para advertirles de que «vuestros impuestos pagarán nuestras palizas, pero esto no podrá evitar la victoria del pueblo».

La reunión de hoy en Sochi fue a solas, sin rueda de prensa posterior y sin firma de ningún documento. Al contrario que su costumbre, Lukashenko sólo pudo agradecer sin margen para presumir. En realidad parte del dinero del préstamo (que equivale al oro y divisas que Lukashenko ha consumido durante estas cuatro semanas para mantener el país en marcha) se utilizará para refinanciar préstamos anteriores.

Los dos presidentes acordaron impulsar la cooperación en el comercio y discutieron el suministro de energía para Bielorrusia. Un resultado aceptable teniendo en cuenta que este mismo año Lukashenko acusaba a Rusia de querer engullir a Bielorrusia y de estar detrás de las injerencias internacionales en la campaña electoral.

El Kremlin ha buscado durante mucho tiempo cómo profundizar los lazos con Minsk de una manera más provechosa. La fórmula preferida fue siempre a través de un tratado de «unión de estados» que se ha quedado en el plano teórico durante dos décadas. Ahora, con un Lukashenko debilitado podría llegar la oportunidad de establecer una moneda y un banco central unificados, consolidando la dependencia económica -y también política- de Bielorrusia respecto a Rusia.

CONTROLAR EL VECINDARIO

Rusia es un país consciente de su ingente tamaño, por eso intenta controlar sus alrededores por una poderosa razón: que nadie más lo haga. En agosto Putin dio la impresión de haber sido pillado por sorpresa ante la escala de las protestas. Desde hace años tiene motivos para no confiar en Lukashenko, que cuando ha podido ha limado asperezas con Occidente y criticó la anexión rusa de Crimea en 2014.

Pero Putin tampoco puede permitir que el poder caiga en manos de los que reclaman en las calles un sistema político más abierto. De hecho entre lo más importante que ha hecho el presidente ruso por Lukashenko en estas semanas tan difíciles ha sido no entablar comunicación con el Consejo de Coordinación de la oposición.

Lukashenko necesita, además de dinero, fuerza represora suficiente para contener a cientos de miles de personas que en varias ocasiones han intentado cercar su residencia. El principal miedo del régimen es a una sucesión de ocupaciones de edificios gubernamentales: así prosperó el Maidán ucraniano. Por eso Putin dijo el mes pasado que había acordado con Lukashenko enviar a la policía rusa para ayudar a sofocar los disturbios si fuera necesario, agregando que aún no veía necesidad.

Horas antes de la cita de ayer, las agencias de noticias rusas informaron que Moscú estaba enviando a Bielorrusia paracaidistas para ‘ejercicios conjuntos’. Putin dijo ayer que la cooperación en defensa continuará, pero evitó dar pistas. Sobre la mesa está el establecimiento de bases militares rusas en suelo bielorruso, una idea que preocupa a vecinos como Lituania y especialmente a Ucrania, que no está en la OTAN y ya sufrió la entrada de fuerzas rusas en su territorio en 2014.

En septiembre del año pasado, sólo un mes después de recibir una visita del entonces asesor de seguridad nacional de EEUU John Bolton, Lukashenko se negó en redondo al establecimiento de una base aérea rusa. El Kremlin calificó el rechazo de «episodio desagradable» y tuvo que envainarse su plan de alojar sus Su-27 un poco más cerca de la Alianza Atlántica. Ahora es el mejor momento para otro salto audaz hacia el oeste.

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