Oriente Próximo

Mientras los equipos de rescate apuran las horas para salvar a las personas atrapadas entre los escombros, los libaneses se manifiestan contra la clase política y le exige responsabilidades

lt;HIT gt;Beirut lt;/HIT gt; (Lebanon).- Anti-government protesters...

Manifestantes protestan contra el Gobierno, el jueves, en Beirut.
NABIL MOUNZER / EFE

Poco a poco, el dolor va dejando paso a la rabia. Mientras los equipos de rescate apuran las últimas horas para salvar a los últimos supervivientes de los escombros, las brigadas de voluntarios limpian las cenizas y el país se sobrepone a la muerte y la destrucción que sembró en Beirut la explosión de una nave llena de nitrato de amonio, la ira crece.

Grupos de manifestantes convocados a través de las redes sociales han comenzado a concentrarse en el centro de Beirut, con llamamientos renovados para echar abajo el sistema político. Los movilizados han intentado romper las barreras policiales para llegar hasta la sede del Parlamento. La policía ha lanzado gases lacrimógenos para repeler la protesta.

Para muchos ciudadanos, la tragedia de Beirut es el último fogonazo de una élite política corrupta y negligente. Los llamamientos para echar abajo el sistema político que surgieron con fuerza en octubre se han renovado ahora y esta tarde la Plaza de los Mártires vuelve a ser el epicentro de protestas como las que se han vivido -solo interrumpidas por el coronavirus- estos meses. Unas 5.000 personas, según un primer recuento de Reuters, se concentran a esta hora en la plaza. Algunos lanzan piedras contra las fuerzas de seguridad y todos gritan una vieja consigna famosa en la Primavera Árabe: «¡El pueblo quiere la caída del régimen!». Las pancartas rezan: «Fuera, sois todos unos asesinos».

Durísimas imágenes del lugar de la explosión en Beirut.

Conatos de protesta se vivieron ayer en las calles de la herida ciudad. El jueves por la noche, grupos de personas intentaron saltar los controles policiales que acordonan el Parlamento libanés, algunos armados con piedras. La policía disparó gases lacrimógenos.

En las redes, muchos señalan con furia a los políticos con el hashtag «colgadles». Este sábado, dos de los diputados del partido cristiano Falange Libanesa (Kataeb) renunciaron siguiendo la consigna de su líder, Sami Gemayel, hijo del histórico dirigente Amin Gemayel, que también dejó su escaño. Al renunciar han recordado al secretario general del partido, Nazar Najarian, que falleció en la explosión.

Hasta este sábado, solo dos diputados habían abandonado su escaño a modo de protesta. Uno es el diputado druso Marwan Hamade, que ha sido varias veces ministro y sobrevivió a un atentado en 2004, que había tenido la decencia de dimitir el miércoles para mostrar su indignación por la catástrofe. La otra es Paula Yacoubian, parlamentaria de la lista ciudadana Shaaban. La embajadora del Líbano en Jordania, Tracy Chamoun, también presentó su renuncia esta semana. Chamoun es hija del dirigente cristiano Dany Chamoun, asesinado durante la guerra civil.

Los pocos parlamentarios que estos días se han atrevido a visitar a los afectados han sido despachados con abucheos. En otra muestra de cólera, varios manifestantes atacaron el jueves el convoy del ex primer ministro Saad Hariri y se enfrentaron a sus guardaespaldas en el centro de Beirut.

Alcance de la explosion en el puerto de Beirut.

Abandono

La clase política es hoy más que nunca el blanco de la furia de la población que ha visto cómo esta catástrofe viene a golpearles cuando ya se encontraban maltrechos. La crisis económica ha hecho perder a la moneda local un 80% de su valor, ha hecho desaparecer los ahorros de toda una vida de la clase media, provocado despidos masivos, causado escasez de alimentos y dejado a casi la mitad de la población al límite de la pobreza. Las explosiones son la puntilla: más de 300.000 personas se han quedado sin hogar, la mitad de Beirut -con sus empresas, negocios, tiendas, restaurantes y hoteles- ha quedado destruida o dañada, el hambre acecha tras la destrucción del 80% de las reservas de trigo y los daños se calculan en 15.000 millones.

«El sentimiento mayoritario no es tristeza ni enfado ni desesperación, es abandono. Ya hemos perdido toda esperanza en las personas egoístas, comatosas y, ahora, criminales que nos gobiernan contra nuestra voluntad.», escribe Bassam Osman, médico del hospital de la Universidad Americana de Beirut en un relato por Twitter de 52 horas de trabajo sin descanso para atender a los afectados por las explosiones.

Abandono porque el Estado parece desaparecido en medio de la catástrofe. Brigadas de voluntarios limpian las calles de escombros, cristales y broza. Son los propios vecinos los que reparten comida y agua y acogen en sus propias casas a los que han perdido la suya. La solidaridad llega desde cualquier parte del país. «El Gobierno es incapaz de ayudar a la gente así que hemos venido a estar al lado de los beirutíes», dice uno de esos voluntarios llegados del norte del país.

«Todos -activistas y expertos- nos estamos preguntando cómo de extensa será la nueva oleada de rabia popular, hasta dónde empujarán las manifestaciones para forzar al gobierno a dimitir y poner a los políticos responsables de esta mala gestión que ha conducido a este desastre a rendir cuentas. Lo más probable es que estas explosiones provoquen más ira y el país vuelva a las movilizaciones masivas. Pero todavía no lo sabemos. He oído a los líderes de las protestas decir: ‘Hoy lloramos a los muertos, mañana derribaremos del poder a los responsables'», comenta Heiko Wimmen, director de Proyecto para el Líbano del think tank Internacional Crisis Group a EL MUNDO.es.

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