Tras fallecer el cantautor Carlos Cano en el año 2000, su herencia comenzó a menguar de manera vertiginosa. Los derechos de autor y el canon por la venta de discos, pero también sus propiedades, se fueron esfumando en una espiral que sus herederos frenaron solo un lustro después. De 1,2 millones, la sociedad que gestionaba sus bienes pasó a contar con solo 3.000 euros en caja.

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Fuente: El País – Cultura