Elán Swan Fernández tiene unas rastas (casi) tan largas como sus ilusiones. Este muchacho de 35 años, flaco, fumón y grandulón, de ojos profundos, frente amplia, barba bien recortada, sonrisa de niño travieso, deportivas, ropa ancha, brazos y piernas con tatuajes coloridos, canta y compone dancehall desde hace una década. Se hace llamar FYAHBWOY (así, en mayúsculas), es decir El Chico de Fuego, y tiene miles de seguidores en las redes sociales, millones de reproducciones en su canal de YouTube y ha actuado hasta en China. Hace unas semanas publicó su tercer LP llamado BL4QKFY4H (se pronuncia BLACK FIRE), un álbum realizado gracias al crowdfunding que alcanzó más de 50.000 euros, y ya prepara una gira por España y algunos puntos de América Latina. Pero detrás de esos logros y cifras impactantes (y envidiables para muchos otros ¿artistas?) se asoma un ser humano que atrapa con su sinceridad y sensibilidad, al arrojar, de paso, su autenticidad, quizá para dejar claro que El Chico de Fuego no tiene planeado dejar de arder.

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Fuente: El País – Cultura