Estados Unidos

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Trump convierte su visita a una planta de Ford que produce respiradores en todo un acto de campaña y se niega a ponerse la mascarilla en público aunque era obligatoria en la fábrica


Trump dice que no va a dar a la prensa «el placer» de verlo con mascarilla

El último frente de las ‘guerras de la cultura’ -un término acuñado en la Convención Republicana de 1992- de Estados Unidos se centra en las mascarillas faciales. ¿Llevarlas o no llevarlas? Hacer obligatorio su uso ¿es un atentado contra la libertad, el primer paso hacia una dictadura? ¿Es una manera de tocar las narices al público? ¿O es una medida sanitaria en una pandemia que a día de hoy lleva 94.000 muertos en ese país, a pesar de que el caos acerca del recuento de infectados y fallecidos crece por momentos?

La cuestión no está en la discrepancia, sino en la línea argumental empleada por algunos para defender sus tesis. Ése es el caso de Kevin Watson, de 27 años, que ha sido arrestado en la ciudad de Aurora, en el estado de Colorado, por pegarle un tiro en la barriga a una camarera de un restaurante de la cadena Waffle House que le había dicho que, si no se ponía la mascarilla -que, encima, llevaba alrededor del cuello, pero no de la cara- no podía servirle comida para que se la llevara a su casa.

En total, según la organización Gun Violence Archive, que mantiene una base de datos acerca del uso de armas de fuego en EEUU, ha habido al menos nueve tiroteos desde que las restricciones contra el coronavirus empezaron a extenderse por el país el 19 de marzo. Como mínimo, cinco personas han muerto a tiro limpio en este vigoroso debate en materia de salud pública.

En realidad, el porcentaje de estadounidenses que están en contra de llevar mascarilla es minúsculo. El 89% de los votantes demócratas y el 81% de los republicanos afirman usarlas. Y, de hecho, muchos de los defensores a tiro limpio del derecho a no llevar máscara han sido, como Watson, personas de raza negra, una comunidad que es, casi en su totalidad, demócrata.

La Casa Blanca ha entrado de manera indirecta en el debate. Tanto el presidente, Donald Trump, como el vicepresidente, Mike Pence, han evitado ser vistos en público con mascarillas. En numerosas fotografías de reuniones en la Casa Blanca, Trump ha aparecido rodeado de asesores sin guardar la distancia de separación de seis pies (1,80 metros) que se recomienda en EEUU.

Y la semana pasada, Pence fue objeto de duras críticas cuando renunció a llevarla en la Clínica Mayo, en Minnesota. Y el jueves, Trump, sólo se la puso en una visita a una fábrica de Ford en Michigan cuando no estaban presentes los periodistas. ¿La razón? «No quería dar a la prensa el gusto de verlo», explicó el jefe del Estado y del Gobierno, que no especificó las razones que le llevan a estimar que los informadores juzgan placentero ver al presidente con una mascarilla, máxime cuando el Centro para el Control de las Enfermedades (CDC, según sus siglas en inglés), que es el principal organismo que centraliza la lucha contra la epidemia, ha recomendado el uso de ese equipamiento.

El fetichismo de la comunidad periodística, sin embargo, pareció satisfecho ayer con la publicación por la cadena de televisión NBC de una foto anónima en la que se ve a Donald Trump con mascarilla en la fábrica de Ford. La imagen también calmó la tensión entre el estado de Michigan, gobernado por la demócrata Gretchen Whtimer, y la Casa Blanca por la aparente decisión de Trump de no llevar mascarilla en su visita a la fábrica de Ford. El estado de Michigan ha hecho obligatorio el uso de esos sistemas en edificios cerrados en los que hay aglomeraciones de personas, y la aparente decisión de la Casa Blanca de violar esa regulación (luego desmentida por la foto de NBC hizo que la fiscal general de ese estado, Dana Dessel, calificara al presidente de «niño petulante».

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