Oriente Próximo

Una compañía estadounidense se ha hecho con una concesión de las autoridades kurdas -no reconocidas por ningún país- con «el conocimiento y el estímulo de la Casa Blanca», que garantiza una excepción de sus sanciones a Siria

Un vehículo del Ejército estadounidense patrulla un yacimiento de...

Un vehículo del Ejército estadounidense patrulla un yacimiento de petróleo en el noreste de Siria.
DELIL SOULEIMAN / AFP

Sólo un ojo acostumbrado a la guerra sabe distinguir entre dos columnas de humo azabache erguidas en medio de la planicie mesopotámica siria. Una podría ser producto de un bombardeo o, incluso, de una quema de neumáticos para entorpecer la visión de los efectivos aéreos dispuestos a descargar sus proyectiles; la otra, sin duda, pertenecería a una refinería improvisada: un gran tanque de petróleo ardiendo conectado a un hoyo que recoge el producto, en un proceso letal para el medio ambiente.

Así se ha procesado el oro negro de Siria durante gran parte de la guerra. No hay grupo que no se haya apoderado de sus yacimientos, magros en comparación con los de sus países vecinos. No hay grupo, también, que no haya vendido crudo y gasolina incluso al enemigo aunque eso supusiera oxigenarlo a cambio de sus billetes, con los que comprar más armas y munición. De Al Qaeda a las milicias kurdas, pasando por el Estado Islámico, todos han hecho negocio. Y algunos actores oficiales se han beneficiado.

El 70% de los pozos petrolíferos de Siria, situados en los campos de Rmelan y al Omar, en el este, están hoy en territorio gobernado por la administración autonomista informal kurda. Pero un despliegue de 500 soldados estadounidenses los guardan. Cuando el año pasado Turquía convenció a Donald Trump para que le permitiese combatir a las milicias kurdas, el entorno del Presidente estadounidense usó los yacimientos petrolíferos de señuelo para convencerle de no ejecutar un repliegue total de tropas.

«Los soldados estadounidenses no están en zonas de combate o de alto al fuego. Hemos asegurado el Petróleo (sic). ¡Trayendo soldados a casa!», tuiteó un entusiasmado Trump el pasado octubre, mientras se desataba el caos en el norte de Siria por los combates entre fuerzas kurdas y árabes, apoyadas por Ankara, acusadas de crímenes de guerra. Sus palabras contenían ecos de quince años atrás, cuando las grandes firmas estadounidenses parcelaron Irak incluso antes de que los tanques penetrasen en el país.

Ahora, el medio Al Monitor informa de que una compañía de los EEUU, Delta Crescent Energy LLC, se ha hecho con una concesión de las autoridades kurdas -no reconocidas por ningún país- «con el conocimiento y el estímulo de la Casa Blanca». Su favorecimiento ha sido tal que para firmar el contrato, que prevé la modernización de los sistemas de extracción y la instalación de dos refinerías modulares, la administración norteamericana ha garantizado a tal efecto una excepción de sus sanciones a Siria.

Contra lo que pueda parecer, las reservas petroleras de Siria, que también alberga gas, palidecen frente a las de sus vecinos. «Sus reservas son muy pequeñas. Está en el puesto 31 del ránking mundial», asegura Tracy Shuchart, trader de crudo y analista de mercados energéticos. Pero, al mismo tiempo, son la principal fuente de riqueza de los administradores kurdosirios.

Antes del estallido del conflicto sirio, en 2011, se producían 380.000 barriles diarios, más que suficiente para el consumo interno. Sin embargo, la producción ha caído hasta unos 60.000, refinados de forma artesanal y encarecidos por las normas de la guerra, lo que ha obligado a las zonas gubernamentales a depender, incluso, de las exportaciones de combustible de su aliado Irán. «La mayoría de los campos de petróleo han sido destruidos por los insurgentes y ahora son vertederos tóxicos. Se requerirán millones para limpiarlos y ponerlos en funcionamiento de nuevo», apostilla Shuchart.

Delta Crescent no es, pese a todo, desconocida en Siria. El medio digital ‘The Iraq Oil Report’ recuerda que John Dorrier, uno de sus líderes, fundó antes Gulfsands Petroleum, una empresa que no logró una de las parcelas iraquíes pero sí consiguió, durante los 2000, asentarse en el este de Siria. Su socio era el mismísimo Rami Makhlouf, primo del rais Bashar Asad y magnate caído en desgracia por la deriva económica siria. En 2008, tras las sanciones de EEUU a Makhlouf, Dorrier tuvo que dejar la empresa. Otro de los socios de la adjudicataria es Jimm Reese, quien se ha prodigado defendiendo la presencia de tropas estadounidenses en Siria. «Poseemos todo el este sirio», sentenció a la cadena Fox en 2018.

Damasco, que en 2018 concedió a Rusia todos los derechos de explotación del crudo y el gas de Siria, ha protestado enérgicamente lo que ha tildado de «robo». «Siria considera el acuerdo nulo, sin validez y sin efecto legal y advierte contra tamaños actos maliciosos, cometidos por milicias clientelares que han aceptado ser una marioneta barata en manos de los ocupantes estadounidenses», ha dicho su Ministro de Exteriores en un comunicado.

Turquía, que considera a las milicias kurdas «terroristas» por su relación con la guerrilla PKK, ha acusado a Washington de «financiar el terrorismo». «Lamentamos el apoyo de EEUU a este paso que ignora la ley internacional y atenta contra la integridad territorial siria», critica Ankara, que controla partes del norte y oeste del país alegando la necesidad de proteger a la población civil y a su propio territorio. Una de las cuestiones principales del contrato, con el que los kurdos podrán refinarse el 20% del crudo que necesitan, es a dónde irá a parar el resto si, se entiende, ni Turquía -a la que antaño Rusia acusó de comprar petróleo al Estado Islámico– ni el Gobierno sirio accederán a estos recursos.

Una de las salidas que prevén los analistas es el Kurdistán iraquí, una región fuertemente influenciada por EEUU y Turquía. «Lo más posible es que sea enviado mediante camiones al oleoducto Kirkuk – Ceyhan y vendido como petróleo kurdo -del Kurdistán iraquí- para sortear las sanciones», asevera Shuchart.

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