Donald Trump no mantuvo mucho tiempo el suspense en su discurso a la Asamblea General de Naciones Unidas. Se pasó siete segundos saludando a quienes estaban siguiendo la ‘cumbre’ virtual, y entró en materia: «Setenta y cinco años después del final de la Segunda Guerra Mundial y de la fundación de las Naciones Unidas, estamos, una vez más, envueltos en una gran lucha a nivel mundial. Estamos combatiendo una feroz batalla contra un enemigo invisible: el virus chino, que se ha cobrado un número incontable de vidas en 188 países».

El presidente de Estados Unidos no se limitó a usar el término políticamente incorrecto para referirse a la pandemia. También pidió medidas contra Pekín. «Debemos pedir explicaciones a la nación que ha soltado esta peste al mundo: China», dijo. Trump, que habló mientras su país sobrepasaba la cifra de 200.000 muertos por el Covid-19, recordó cómo «en los primeros momentos del virus, China prohibió los viajes dentro de su territorio mientras permitía que los aviones en vuelos internacionales despegaran y dejaran su territorio e infectaran al mundo».

El ataque del jefe del Estado y del Gobierno estadounidense se extendió a la Organización Mundial de la Salud (OMS), dependiente de Naciones Unidas, de la que Estados Unidos ha anunciado su retirada. «La OMS, que está virtualmente controlada por China, declaró falsamente que no había evidencia de transmisión entre seres humanos. Después, dijo falsamente que las personas sin síntomas no pueden propagar la enfermedad», recordó, antes de pronunciar su dictamen: «La ONU debe pedir responsabilidad a China por sus actos».

Así, Naciones Unidas ha celebrado su 75 aniversario -que fue conmemorado en una ‘cumbre’ el lunes en la que participó, entre otros, Felipe VI, también por videoconferencia- con una verdadera ceremonia de desintegración del orden internacional establecido tras la Segunda Guerra Mundial y consolidado hace 40 años con el colapso de la Unión Soviética. No hay coordinación internacional, ni la va a haber. Es más: las palabras de Trump tienen poco significado práctico. Estados Unidos no está preparando ninguna ofensiva diplomática dentro o fuera de Naciones Unidas para aislar o castigar a China por mantener oculto el impacto real del coronavirus.

Tampoco un país que se gasta tres veces el presupuesto de Defensa de España en espionaje se ha planteado cómo es posible que una pandemia de semejante magnitud pasara desapercibida a sus 20 agencias de inteligencia. De hecho, cuando el ‘número dos’ del Consejo de Seguridad Nacional Matthew Pottinger, quiso saber más en enero sobre la extraña enfermedad que había aparecido en China, tuvo que usar los contactos que tenía de su época de corresponsal en ese país para el diario ‘Wall Street Journal’, cuando tuvo que cubrir el SARS, otra misteriosa infección vírica que apareció en el país asiático en 2002 y que desapareció por sí sola dos años más tarde tras causar oficialmente solo 774 muertos.

Pekín juega la baza de la amabilidad

Y, frente a la irritación de Trump, el presidente chino, Xi Jinping, jugó la baza de la amabilidad. Pekín no sólo no asumió la responsabilidad que Trump quería que aceptara, sino que celebró las virtudes del multilateralismo al afirmar que «los pueblos de los diferentes países se han unido con valentía, decisión, y compasión». En lo que parecía el mundo al revés, Xi, con la Gran Muralla como fondo, pareció adoptar el optimismo estadounidense cuando insistió en que «el virus será derrotado; la Humanidad vencerá esta batalla». El presidente chino, que ha acumulado más poder que ninguno de sus predecesores desde Mao Zedong, hace cuatro décadas, no dudó en ofrecer una rama de olivo a la opinión pública mundial. El ‘hombre fuerte’ de la segunda potencia económica mundial criticó indirectamente a Trump cuando declaró que «no tenemos intención de luchar una guerra -‘fría’ o ‘caliente’- con ningún país».

Curiosamente, Xi hizo esas declaraciones cuando las Fuerzas Armadas de China han estado haciendo maniobras militares que simulan una invasión de Taiwan, mientras Pekín se anexiona por la vía de los hechos del Mar del Sur de China, una parte del Océano Pacífico con una superficie equivalente a la de dos veces y media España, y tras un verano en el que ese país ha tomado el control de Hong Kong para acallar las protestas en favor de la democracia en esa ciudad, y en el que, además, ha tenido varios choques fronterizos con la otra gran potencia emergente de Asia: India.

Pero la Asamblea General de la ONU no es un sitio para formular propuestas, sino para hacer proclamas. Y la de Xi fue mucho más abierta al resto del mundo que la de Trump. Donde el estadounidense proclamó que «estoy orgulloso de haber puesto a Estados Unidos primero, igual que ustedes deberían poner a sus países primero» en sus acciones de Gobierno, el chino proclamó que «combatir el virus requerirá solidaridad», y que «cualquier intento de politizar la crisis debería ser rechazado».

«Debemos seguir a la Ciencia»

La rivalidad entre Estados Unidos y China quedó tan clara que en algunos casos casi hubiera sido cómico, de no haberse tratado de una tragedia a escala mundial. Trump y Xi alardearon de que cada uno de sus respectivos países tiene tres vacunas contra el coronavirus a punto de ser puestas a disposición del público. Pero, mientras el estadounidense dejó la cosa ahí, el chino se mostró abierto a la posibilidad de permitir a terceros países que usen la vacuna china. Poco después, el presidente ruso, Vladimir Putin, ofreció también la vacuna de ese país a la comunidad internacional.

La retórica de Xi, paradójicamente, puso a China, un país con un solo partido político que no celebra elecciones, más en la línea de la ONU que a Estados Unidos, la democracia que hasta ahora ha sido la principal impulsora de la organización. Así, el líder chino dijo que «debemos seguir a la Ciencia» en la lucha contra el Covid-19 y, en general, por principio, una frase que prácticamente repetía la afirmación que había realizado el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, en la apertura del acto.

El mensaje de Guterres también se pudo interpretar como una crítica indirecta a presidentes como Trump, el brasileño Jair Bolsonaro -que fue el primero en hablar-, el turco Recep Tayyip Erdogan -el cuarto- cuando declaró que «el nacionalismo y el populismo han fracasado». Fue una frase que apenas unos minutos después rechazaba el propio Bolsonaro, al afirmar en su discurso que «Brasil apoya la idea de la soberanía nacional».

Un foro de desencuentro

Bolsonaro dedicó una parte considerable de su intervención a defender la actuación de su país en los incendios de la Amazonia y del Pantanal. Y es que el medio ambiente fue una de las cuestiones en las que muchos líderes incidieron, aunque, una vez más, cada uno lo hizo de manera diferente. Trump abrió una nueva línea de ataque en su argumentación contra China, cuando recordó que ese país tiene un historial contaminador absolutamente espantoso -tanto en la destrucción de arrecifes de coral para crear bases militares con las que anexionarse el Mar del Sur de China como en la emisión de gases de ‘efecto invernadero’, y en el vertido de millones de toneladas de plástico al Océano Pacífico-, a pesar de lo cual la mayor parte de las críticas en ese campo son a Estados Unidos.

Al final, lo único que quedó claro es que no hay acuerdo en nada. Y tampoco entre aliados. Emmanuel Macron aprovechó su intervención para insistir en que la política de «máxima presión» de EEUU a Irán «ha fracasado», justo cuando Washington ha elevado la dureza de las medidas contra Teherán, y pocos minutos después de que la República Islámica declarara en la ONU que no va a ceder a EEUU. Setenta y cinco años después de su creación, la Asamblea General virtual de la ONU ha sido, más que nunca, un foro de desencuentro.

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