La entrada en vigor, el 17 de enero de 1920, de la 18.ª enmienda de la Constitución de Estados Unidos sumergió a este país en la prohibición: más de una década –casi 14 años– de ley seca total. Una época que se hizo famosa por las historias de contrabandistas de alcohol, gánsteres y bares secretos. Lo interesante es que un siglo después, Estados Unidos sigue sin cerrar completamente ese estridente capítulo de su historia.

En su época, dos grandes réplicas de búhos adornaban el bar del lujoso hotel Belvedere en Baltimore. Sin que nadie dijera nada, los clientes del hotel observaban con mucha atención el par de aves. Si los búhos pestañeaban, la fiesta podía comenzar: era una señal de que el bar acababa de recibir un nuevo lote de licor ilegal o de que no había policías cerca y los sedientos clientes podían tomar un trago sin temor a ser arrestados.

La prohibición dejó tras de sí un sinfín de historias y lugares como este. Fue un momento único y ampliamente inmortalizado por Hollywood en múltiples películas como ‘Los intocables’, ‘Camino a la perdición’ y numerosos filmes de gánsteres; y también en la literatura, claro está.

Esta época marcó profundamente la psiquis de los estadounidenses. Tanto que hoy en día varias ciudades de Estados Unidos viven un resurgir de fiestas temáticas de los ‘Locos años veinte’, así como de los bares inspirados en los llamados ‘speakeasy’ (habla bajito): esos establecimientos clandestinos donde antaño los clientes podían beber lejos de los ojos de la ley, porque, valga la pena decirlo, nunca se dejó de beber.

Alcohol, familia y religión

Sentado en el Owl Bar del hotel Belvedere, el historiador Michael Walsh explica que la prohibición fue fruto de una convergencia de luchas que tocaban –más allá del alcoholismo endémico de la época– todos los aspectos de la sociedad estadounidense: “Religión, política, género, etnicidad, familia”, afirma.

Múltiples realidades y mentalidades se juntaron para encender la mecha que llevó a la prohibición. Una de ellas fue la brutal golpiza que un inmigrante italiano ebrio le propinó a su mujer embarazada, lo que llevó a que numerosas mujeres empezaran a denunciar públicamente que sus maridos llegaban borrachos a la casa, las agredían y/o se gastaban el dinero de su sueldo en la bebida.

Desde los púlpitos se empezó a atribuir al alcohol la responsabilidad de un clima de degeneración y decadencia de la sociedad, a lo que se sumó el argumento de que el alcohol contribuía a perpetuar la pobreza. Un clima que dio origen a figuras como Carrie Amelia Nation. Esta radical mujer, parte del Movimiento por la Templanza, un grupo de carácter puritano firmemente opuesto a la venta y consumo de alcohol, se hizo famosa por entrar a los bares con un hacha destrozando cuanta botella encontraba a su paso.

La 18.ª enmienda fue ratificada en enero de 1919 por 36 de los 48 estados de la Unión y un año después entraría en vigor. Horas antes de que eso ocurriera, su impulsor, el senador Andrew Volstead, pronunció las siguientes palabras: “Esta noche, un minuto después de las doce, nacerá una nueva nación (…). Se inicia una era de ideas claras y limpios modales (…) Las cárceles y correccionales quedarán vacías (…). Todos los hombres volverán a caminar erguidos, sonreirán todas las mujeres y reirán todos los niños. Se cerraron para siempre las puertas del infierno”.

El “noble experimento”, como lo llamó el presidente Herbert Hoover, acabó en 1933 cuando Franklin D. Roosevelt llegó al poder en un país fuertemente golpeado por la Gran Depresión. Y en parte porque el remedio había resultado peor que la enfermedad, ya que aparte del hecho de que no se dejó de beber, la prohibición de la producción, venta y transporte de alcohol dio pie a un mercado negro explotado por un crimen organizado sumamente violento que se expandió por todo el país y no paraba de crecer, dando origen a personajes que desde entonces son inmortales, como el temido Al Capone.

Tampoco se puede negar que en un país deprimido, los impuestos y trabajos que generaría una industria legal del alcohol eran algo importante.

La 18.ª enmienda es la única en la historia de Estados Unidos que ha sido abolida. Pero para Walsh, que escribió un libro sobre el tema, la prohibición no fue del todo un fracaso. “Es más ambiguo que decir que todo es blanco o negro”, dijo, apuntando a un declive en las tasas de divorcios, la violencia intrafamiliar, los casos de cirrosis y las admisiones en los hospitales psiquiátricos.

Hasta en el hogar del ‘bourbon’

La regulación del alcohol fue encargada finalmente a los estados, que en muchos casos, a su vez, pasaron el establecimiento de las reglas a los municipios. El resultado fue un enjambre de leyes que varían a veces de condado a condado, y de pueblo a pueblo. Y por eso, hoy la prohibición sigue viva en muchos lugares de Estados Unidos.

Actualmente hay cientos de ‘condados secos’ y ‘ciudades secas’ a lo largo del país, principalmente en los estados religiosos del ‘Bible Belt’ (cinturón bíblico), como Kentucky y Arkansas.

Un caso icónico es el del condado de Moore County, Tennessee, hogar de la destilería del mundialmente famoso whiskey Jack Daniel’s, donde no se puede consumir alcohol.

Y otro dato ilustrativo es el del estado de Kentucky, donde se produce el 90 por ciento de la oferta mundial de ‘bourbon’ –allí hay más barricas añejando ‘bourbon’ que gente–, y donde solo 33 de sus 120 condados permiten la venta y el consumo libre de alcohol: 38 condados son totalmente ‘secos’, y el resto tiene algún grado de regulación.

El lado negativo de los estados ‘secos’ es que un estudio estadístico demostró que su tasa de accidentes de tránsito a causa del alcohol es casi cuatro veces mayor que la de los estados ‘húmedos’, porque los consumidores suelen viajar en sus carros a otros pueblos para poder beber.

Otro rezago de esa era, y menos conocido, es el Partido Prohibicionista. Fundado en 1869, es el tercer partido político más antiguo del país. Su emblema es un camello y cada cuatro años presenta un candidato a las elecciones presidenciales.

Su actual candidato, Phil Collins, espera obtener un mejor resultado que los 5.000 votos de su antecesor en 2016, muy lejos de Donald Trump, quien perdió a su hermano mayor, Fred, por culpa del alcoholismo.

Un caudal electoral sin duda engañoso a la luz de los cientos de ciudades y condados ‘secos’ que hay hoy en Estados Unidos y donde la mayoría vota por seguir en esa línea cada vez que hay un referendo al respecto.

El regreso de los ‘speakeasy’

Casi siempre ocultos detrás de puertas camufladas, los ‘speakeasies’ vuelven a estar de moda en Estados Unidos. Estos bares clandestinos que florecieron con la prohibición renacen bajo una sencilla receta: ambiente distendido, elaborados cocteles y un sabor a secreto que encanta.

Los abogados, diplomáticos y políticos que pasan cada día por los andenes de una gran vía de Washington a pocos pasos de la Casa Blanca ignoran que una vez que sus oficinas quedan desiertas, en el subsuelo de un edificio de la zona cobra vida un bar invisible desde la calle. Para acceder a The Mirror hay que bajar algunos escalones que parecen llevar a una tienda vacía. Las paredes están desnudas salvo por algunos grafitis y un letrero de ‘Se alquila’. Pero un imponente espejo colocado en este extraño lugar resulta ser la puerta de entrada a un bar escondido.

Al diseñar esta entrada difícil de hallar, los dos dueños de The Mirror querían rendir tributo a los magníficos bares del pasado: los ‘speakeasies’, esos lugares donde los estadounidenses desafiaban la 18.ª enmienda de la Constitución, que prohibió en 1920 –y hasta 1933– la producción, transporte y venta de alcohol.

Solo conocidos por aquellos que tenían contactos adentro, estos bares ilícitos se instalaron en sótanos o cuartos ocultos y tomaron su nombre de la necesidad que tenían los clientes de hablar bajo para evitar que la policía los descubriera o algún vecino los delatara. Y hoy han vuelto con enorme fuerza, gracias a quienes aprecian ponerles algo de misterio y encanto a sus citas, así sea para beber una copa con un viejo amigo.

Los hay para todos los gustos. Muchos acuden a la música de los años 20, pero en The Mirror ponen música contemporánea. La decoración también varía: The Mirror apuesta por la clásica media luz, pero Capo, otro ‘speakeasy’ de la capital estadounidense, es mucho más luminoso. Y a este bar se entra de manera muy singular: dentro de una tienda de ‘delicatessen’ hay lo que parece la puerta a los cuartos fríos del local, tras la cual está el bar. Rohit Malhotra, gerente de la tienda, cuenta que sus clientes quedan muy sorprendidos cada vez que se abre la puerta. “Comienzan a señalar con el dedo y dicen: ‘Creo que vi un bar’. ‘No, estás loco’. ‘No, el hombre entró al refrigerador’… Es un momento divertido”, asegura.

Como la mayoría de los ‘speakeasies’ modernos, Capo depende principalmente del boca a boca para darse a conocer. Aunque parte de su fama se la debe a los múltiples ‘instagrammers’ fascinados con su entrada.

“La gente no viene solo a tomar un trago, sino buscando una experiencia”, explica Patrick Zarifeh, el gerente general de Capo. Y no hay duda de que estos lugares tienen mucho encanto.

La gente no viene solo a tomar un trago, sino buscando una experiencia

Ocean City, un islote orgullosamente ‘seco’

Ningún restaurante sobre la costa Atlántica de Ocean City ofrece alcohol en su carta. Este balneario de Nueva Jersey no tiene ni un bar: cien años después del inicio de la ley seca en EE. UU., y no obstante su abolición en 1933, es una más de los centenares de ciudades y condados ‘secos’ en el país.

‘Bebidas alcohólicas prohibidas. Estrictamente aplicado. Multa: 275 dólares’. Así advierten varios carteles, a lo largo del paseo de madera que bordea el mar, sobre las consecuencias de tomar alcohol en la playa o en cualquier otro lugar de la isla.

Fundada a finales del siglo XIX por metodistas que querían convertirla en un lugar de descanso cristiano, Ocean City, de 11.000 habitantes, es lo que en Estados Unidos se llama una ‘dry town’ o ‘ciudad seca’. En el islote, que acoge a unas 150.000 personas los fines de semana de verano, los restaurantes solo ofrecen bebidas calientes, agua y refrescos.

La producción y la venta de alcohol están prohibidas en Ocean City desde 1909, bastante antes del inicio de la Prohibición, el 17 de enero de 1920, en todo el país.

Un siglo después, no ha cambiado casi nada. Uno puede beber en casa, pero para ello hay que ir a comprar el alcohol a grandes almacenes situados al otro lado de los puentes que llevan a la isla.

Ya sean bebedores o no, los habitantes están bastante orgullosos de la ‘sobriedad’ de su ciudad, autoproclamada ‘mejor localidad costera familiar de Estados Unidos’, frente a sus vecinas menos virtuosas. Paradójicamente, esta población está a menos de media hora por carretera de los casinos y bares de estriptis de Atlantic City, uno de los centros del crimen organizado durante la ley seca.

En 2012, los dueños de un restaurante local juntaron las firmas necesarias para celebrar un referéndum sobre la posibilidad de que los clientes llevaran sus propias botellas de cerveza o de vino al restaurante donde desearan comer. La ciudad se partió en dos: quienes se oponían al cambio fueron acusados de ser fanáticos religiosos; los demás, de querer llevar la localidad a la depravación.

Chris y Sharon Hoffmann, dueños del restaurante Captain Bob’s, y autores de la iniciativa, admiten que “fue tenso”. “La gente reservaba, pero luego no venía. Nos rompieron materas, nos pincharon una llanta…”.

El ‘no’ se impuso con una amplia mayoría de dos tercios, pero la pareja encontró la forma de aprovechar las ‘zonas grises’ de las leyes sobre el alcohol “al privatizar” su establecimiento. Basta con pagar 10 dólares por mesa para entrar en el Foodies Dinner Club y poder así llevar una botella al restaurante, como cuando se va a comer a la casa de un amigo. Esa idea, aprobada por las autoridades locales, está extendiéndose en la isla de la moderación, más famosa por sus pizzerías y establecimientos de comida rápida que por sus restaurantes de alta gama.

SÉBASTIEN DUVAL
Agence France-Presse (AFP)
Baltimore, Washington y Ocean City