Si bien los misiles balísticos de antaño siguen apuntándose entre sí, las grandes potencias del mundo, particularmente Rusia, China y Estados Unidos, combaten hoy en un terreno muy diferente que ya es visto como toda una Guerra Fría del siglo XXI, pero ahora en el ciberespacio.

La confrontación en este espacio invisible, por supuesto, no es nueva. Pero en los últimos meses, especialmente desde la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca, ha ido escalando y está quizá en el peor momento de su historia.

El último round de este combate se libró esta semana cuando Washington reclutó a Europa, la OTAN, Japón y otros países para acusar a Beijing de ser el artífice de múltiples ciberataques recientes, que incluyen ciberespionaje, robo de propiedad intelectual y cibersobornos.

Aunque varios de los aliados de EE. UU., quizá pensando en sus billeteras, se limitaron a señalar a China por permitir que su territorio sea usado por grupos criminales que se dedican a estas actividades, Washington y Londres fueron más allá al responsabilizar directamente al régimen comunista. Algo sin antecedentes hasta la fecha.

Particularmente, las acusaciones recayeron en el Ministerio de Seguridad Estatal o MMS por su sigla en inglés y que realiza tareas de inteligencia y contrainteligencia con elementos del ejército y la policía.

El presidente tiene claro que está lidiando contra una amenaza para la seguridad del país así se trate de una ‘guerra no convencional’

“Este organismo ha alimentado un ecosistema de hackers criminales que se encargan tanto de actividades financiadas por el Estado como de ciberataques para su propio beneficio económico”, dijo el secretario de Estado de EE. UU., Anthony Blinken, al referirse al tema.

Casi en paralelo, el departamento de Justicia elevó cargos contra tres ciudadanos chinos adscritos a esta dependencia (el MMS) por adelantar una campaña entre 2011 y el 2018 que buscaba penetrar decenas de empresas, universidades y oficinas gubernamentales utilizando compañías fachadas que ocultaban el rol directo del régimen de ese país asiático.

El FBI, por su parte, reveló nueva información hasta ahora clasificada según la cual China estuvo tras varios ciberataques contra la industria petrolera hace una década que pusieron en riesgo la estabilidad de este sector. Y un informe reciente del Centro para los Estudios Estratégicos Internacionales (CSIS) documentó más de 150 casos de espionaje o ciberataques contra EE. UU. provenientes de China, la mayor parte de ellos en la última década.

La queja actual, sin embargo, está relacionada al hackeo en marzo del sistema de correo electrónico de Microsoft, que es usado por cientos de compañías no solo en EE. UU., sino en el mundo. Una investigación posterior pudo rastrear la penetración a computadores del MMS. Así mismo, el departamento de Estado sostiene que China también hizo contratos recientes con hackers acusados de atacar a una empresa estadounidense y luego pidieron millones de dólares para devolverle el control de sus operaciones.

De momento, tanto EE.UU. como sus aliados, se han quedado solo en palabras, evitando imponer el tipo de sanciones económicas y diplomáticas que por lo general usa occidente ante este tipo de situaciones.

En gran parte, dicen los expertos, eso es gracias a la interdependencia comercial que tienen con China y lo fácil que sería para Beijing lanzar una retaliación del mismo nivel que los afectaría a todos. Como sucedió, por ejemplo, cuando el ex presidente Donald Trump usó la imposición de aranceles a productos chinos para castigar –entre otras cosas– este tipo de conductas y terminó desatando toda una guerra comercial que afectó las cadenas de suministros y encareció productos en varios sectores de la economía.

China, por su parte, devolvió el golpe también con palabras acusando a Occidente de utilizar ‘un mismo guión’ que busca desestabilizar el país y frenar su expansión a otras zonas del planeta. Beijing afirma, además, que EE. UU. tiene ‘rabo de paja’ pues ya en el 2013 los propios archivos de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) revelados por Edward Snowden mostraron cómo el aparato de inteligencia de Washington había infiltrado Huawei, el gigante de las telecomunicaciones en China.

Washington alega que no son casos cortados con la misma tijera, pues una cosa es espionaje y otra introducir software dañino que puede afectar las operaciones de todo un país o robar información para luego pedir una recompensa a cambio.

En todo caso la disputa con China es similar a la que Biden tiene cazada en este mismo plano con la Rusia de Vladimir Putin. No solo por la intervención en las elecciones del 2016 y 2020 sino por una serie de graves ciberataques recientes que dejaron paralizadas oficinas federales y estatales al igual que empresas que distribuyen gasolina y comida.

Biden ya le impuso sanciones y fue uno de los temas centrales en la cumbre que ambos sostuvieron en Ginebra en junio.

“Nadie por si solo puede cambiar el comportamiento de China (o Rusia) en el ciberespacio. Tampoco hay una medida única que altere su conducta. Pero si actuamos juntos, sí podremos lograrlo”, dijo Biden durante el encuentro que tuvo con la OTAN y europeos en esa misma gira.

Washington espera, además, convencer pronto a sus aliados para que lo acompañen en medidas concretas contra China como las que negoció en marzo con Canadá, el Reino Unido y la Unión Europea para castigar a funcionarios de ese gobierno por abusos a los derechos humanos perpetrados contra los Uigur, una minoría musulmana que vive en el país.

De acuerdo con Jen Psaki, la Secretaria de Prensa de Biden, “EE. UU. no se va a detener”, y utilizará todos los recursos a su disposición, hasta que estos países suspendan las agresiones ciberespaciales. Para la portavoz, el presidente tiene claro que está lidiando contra una clara amenaza para la seguridad nacional, así se trate de una ‘guerra no convencional’.

Este conflicto además, hace parte integral de toda la agenda de desencuentros EE. UU.– China que incluye temas como la protección de los DD.HH., la independencia de Taiwán y la expansión de Beijing en el llamado Mar de China.

Esa, al menos, es la lista que lleva en la maleta Wendy Sherman, la número dos del departamento de Estado, que va camino a China para reunirse con el Ministro de Exteriores Wang Yi. La idea con el viaje de Sherman es dar las puntadas para una reunión de más alto nivel que tendría lugar en otoño. Pero la estrategia, al menos en lo que se refiere a cibercrimen, al parecer es más concreta.

“Biden está embarcado en una campaña de presión internacional contra Rusia y China para forzarlos a un acuerdo donde se establezcan reglas mínimas. No se trata de un acuerdo como los que existen para armas nucleares pues en el mundo nebuloso del ciberespacio la verificación es imposible. Pero sí uno donde se deje claro qué tipo de blancos o comportamientos son inadmisibles”, sostiene David Sacks, del Consejo para las Relaciones Exteriores.

Una estrategia construida sobre el fracaso de las anteriores. En el 2014, y tras otra seguidilla de ciberataques originados en China, el departamento de Justicia presentó cargos contra cinco miembros del Ejército Popular de Liberación, que es el equivalente al ministerio de Defensa en ese país.

Un año después, el presidente Barack Obama y el presidente Xi Jinping se comprometieron a evitar que sus ‘ciberfuerzas’ la emprendieran contra empresas privadas y objetivos comerciales. Pero desde entonces, como lo demuestran las acciones de esta semana, poco ha cambiado. Además, en todo esto hay un componente latinoamericano.

La semana pasada, el Senador Dick Durbin advirtió en el Congreso que EE. UU. debía prestar más atención a las masivas inversiones que viene haciendo China en la región, particularmente en infraestructura. Pero hay preocupación especial por los avances en el despliegue de tecnología 5G a través de Huawei.

Un sector en Washington cree que la empresa facilitará esos recursos al régimen chino para adelantar espionaje a gran escala. El problema, dice Sacks, es que “EE. UU., no ha podido impedir el posicionamiento de Huawei en la región porque no cuenta con compañías que puedan ofrecer alternativas en 5G que compitan contra este gigante de las telecomunicaciones”.

De acuerdo con James Lewis, del CSIS, la ciberseguridad es sin lugar a duda el terreno más fértil para los conflictos en este siglo XXl. “Biden lo entiende y ha decidido enfrentar la amenaza con mucha más seriedad que en el pasado. Y para eso necesita aliados. Lo que nadie sabe es si será exitoso frente a actores como Rusia o China, que responden a otros intereses y tienen sus propios objetivos”, afirma Lewis.

De momento, y mientras se resuelve, el termómetro de esta nueva Guerra Fría seguirá subiendo.

SERGIO GÓMEZ MASERI
CORRESPONSAL DE EL TIEMPO – WASHINGTON
@sergom68