Afganistán: la apresurada y dolorosa retirada de EE. UU.

Una verdadera carrera contrarreloj y sobre una cuerda floja. En eso se ha tornado la retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán tras casi 20 años de intervención militar.

Este martes se cumple el plazo que se dio la administración de Joe Biden para sacar al último de sus soldados, sus ciudadanos y a los miles de afganos que los ayudaron a lo largo de estas dos décadas.

Pero desde que los talibanes tomaron sorpresivamente el poder hace 15 días tras el desplome del Gobierno en este país, la misión se ha convertido en uno de los operativos más complejos y peligrosos que se recuerden y que probablemente dará para un guión de Hollywood en un futuro cercano.

Joe Biden

La retirada de Afganistán se ha convertido en uno de los primeros retos internacionales de la administración Biden.

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Al Drago. Bloomberg

La semana cerró con un mortífero atentado terrorista a las afueras del aeropuerto de Kabul, la capital, que les costó la vida a 13 militares estadounidenses y alrededor de 170 civiles afganos que se apiñaban contras las rejas de la instalación tratando de escapar del brutal régimen que se les avecina.

Fue el ataque más letal contra fuerzas estadounidenses en una década y de los más violentos de todo el conflicto afgano.

El atentado se lo atribuyó el Estado Islámico K (EI-K), un remanente del grupo terrorista Estado Islámico (EI) que hace algunos años puso en jaque a Siria y que se ha venido asentando en Afganistán. Según la inteligencia estadounidense, la organización tiene una postura aún más extrema que el EI y Al Qaeda y es, de hecho, enemiga de los talibanes y sus aliados en Pakistán.

Biden, ya contra las cuerdas por el caótico repliegue de las tropas y la crisis de refugiados que desató su decisión, prometió castigar hasta el último de los responsables. Algo que comenzó desde este mismo sábado con un ataque aéreo en el que murieron dos cabecillas del EI-K en Nangarhar, según anunció ayer el Pentágono.

(Lea también: El líder de los talibanes se mantiene en la sombra). 

Irónicamente, dice Timothy Nafali, profesor de historia de la Universidad de Nueva York, la guerra en Afganistán está terminando justo como comenzó: con un ataque terrorista. “Guardando las proporciones de ambos casos, las palabras de Biden cuando prometió vengarse de los culpables son idénticas a las que usó George W. Bush tras los atentados del 11 de septiembre del 2001 y que fueron el preludio de este conflicto hace 20 años”, afirma este experto.

Kabul después del atentado

Un combatiente talibán monta guardia en el lugar de las bombas suicidas gemelas del 26 de agosto, en el aeropuerto de Kabul.

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Wakil Kohsar. AFP

Lo grave es que la situación continúa siendo extremadamente volátil. De hecho, las autoridades han advertido que estas últimas 72 horas serán críticas. Biden dijo ayer que se podrían presentar nuevos atentados terroristas durante las próximas horas en la fase final del repliegue. La precariedad del momento es de no creer. No obstante su enorme superioridad militar y controlar casi el 90 por ciento del país hasta hace pocos meses, EE. UU. está confinado a una pista de aterrizaje cuyo perímetro es controlado por los que hasta hace poco fueron sus enemigos.

El presidente sabe que esta decisión recae sobre él y marcará su legado. Pero también entiende que tanto demócratas como republicanos querían el fin de esta guerra

Aunque todavía tiene unos 3.500 hombres, tendrá que ir retirándose gradualmente en esta corta venta de tiempo, con lo cual reduce su capacidad para defenderse. Conciente de esas limitaciones, Biden ha dado la orden de que el último tramo del repliegue se reserve para el escape de los militares y un millar de estadounidenses que aún permanecen en el país.

Esa postura, sin embargo, le ha valido un diluvio de críticas tanto de amigos como enemigos. Los republicanos no lo dejan de mancillar por dejarse imponer los términos del repliegue de un grupo que es considerado terrorista por las leyes de EE. UU.

Algunos demócratas le pegan por abandonar a su suerte a centenares de afganos que los ayudaron durante la guerra. Y aliados como Reino Unido, Francia y Alemania le han dejado saber que rechazan el límite que les impuso para salir antes de este 31 de agosto, pues ellos también hacen esfuerzos desesperados por sacar a los suyos.

España militares en Afganistán

Con estos dos últimos vuelos procedentes de Kabul, España concluyó la misión de evacuación de personas de Afganistán.

(Puede leer: EE.UU. revela la identidad de los 13 soldados muertos en el ataque en Kabul). 

Aún más delicado, la administración demócrata está haciendo una arriesgada apuesta estratégica al depender de los talibanes para el éxito de la operación. La teoría es que el grupo quiere emerger de esta crisis con una imagen renovada y de control sobre el país. Y sabe, además, que el EI-K no solo pretende desestabilizarlos sino amenaza su misma supervivencia, pues si se enquistan en el país podrían provocar nuevos ataques militares a Occidente. Y de allí, se dice, la reunión secreta que sostuvo el director de la CIA a comienzos de semana en Kabul con la cúpula del talibán.

Puede que nosotros salgamos de Afganistán este martes, pero Afganistán no saldrá de nosotros en muchos años más. Esto es solo el comienzo de una nueva etapa

En otras palabras, como dice el antiguo proverbio, ‘el enemigo de mi enemigo es mi amigo’. Pero como demostró el atentado del jueves, no hay garantía de que los talibanes –así quisieran– tienen la capacidad de asegurarles una salida segura.
Según Nafali, ese ataque de alguna manera le está dando la razón a Biden para apurar el repliegue. “Cada día que pasa es una nueva oportunidad para nuevos ataques contra estadounidenses. Hay muchos reportes de miembros del EI que estaban en Siria y otros países y ahora van rumbo a Afganistán con la idea de inmolarse. En este punto, entre más rápido salgan, mejor”, afirma el profesor.

EE. UU., además, pronto tendrá que decidir el futuro del armamento y equipos que aún tiene en el país, pero que no puede retirar en tan breve lapso. Ya hay reportes de que lo más probable es que terminen destruyéndolo a último momento. Es decir, la guerra probablemente concluirá con una explosión.

Pero aun si el repliegue es exitoso y se impiden nuevos ataques en estos tres días, todo indica que la pesadilla de Biden apenas comienza. Desde el pasado 14 de agosto han sido evacuadas más de 110.000 personas de Afganistán, de las cuales solo un puñado ha podido llegar a EE. UU.

Explosión en Kabul

El atentado en Kabul elevó la tensión durante las evacuaciones. Según el Pentágono, nuevos ataques podrían ocurrir durante las próximas horas.

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Akhter Gulfam. EFE

El resto se encuentran distribuidos en más de 25 países que están colaborando con Washington, pero donde las condiciones para los refugiados son precarias. Una vez pasen por controles de seguridad serán transportados a otros países, entre ellos Colombia, que los albergarán mientras hacen sus trámites migratorios para ingresar a EE. UU.

Un proceso, en sí mismo, complejo que tardará meses y tiene potencial para otra crisis. En paralelo, tanto Washington como sus aliados tendrán que seguir intentado el rescate de los miles que no alcanzaron a escapar y entre los que podría haber estadounidenses y europeos. Algo para lo que necesitarán de la cooperación de los talibanes y que explica el delicado ejercicio diplomático que viene desplegando Biden.

Aún más delicado, la administración demócrata está haciendo una arriesgada apuesta estratégica al depender de los talibanes para el éxito de la operación.

A pesar de que son considerados terroristas, el Departamento de Estado no ha querido responder si los reconocerá como el nuevo gobierno en Afganistán. Los talibanes, de hecho, le pidieron este sábado a EE. UU. que mantenga su embajada abierta. Algo que para ellos sería ideal, pues es un manto de legitimidad que nunca han tenido (la última vez que estuvieron en el poder, entre 1996 y el 2001, solo tres países los reconocieron).

Pocos creen que lo haga. A pesar que han intentado mostrarse como un grupo más moderado y respetuoso de convenios internacionales en esta ocasión, el récord en violaciones de los derechos humanos de los talibanes es terrible y ya abundan reportes de ejecuciones de rivales y abuso de mujeres. Pero mientras esté en el aire la suerte de tantos, el statu quo y la ambigüedad parecen ser las únicas alternativas.

Pero Biden, a su vez, tendrá que ejecutar su promesa de castigo contra los responsables de los atentados del jueves. Y es obvio que el bombardeo de este sábado es solo la cuota inicial.

(Sobre este tema: Biden advierte de un ‘muy probable’ nuevo ataque en el aeropuerto de Kabul). 

Al hacerlo, sin embargo, también arriesga la frágil alianza que hoy parece tener con los talibanes y probablemente abrirá un nuevo frente de batalla contra el EI-K de incierto desenlace.

Como decía Juliette Kayyem, exsubsecretaria asistente en el Departamento para la Seguridad y hoy con el Harvard Kennedy School, “puede que nosotros salgamos de Afganistán este martes, pero Afganistán no saldrá de nosotros en muchos años más. Esto es solo el comienzo de una nueva etapa”.

Una etapa que a pesar de los riesgos será mejor que la anterior, donde murieron casi 8.000 estadounidenses entre soldados y contratistas y se gastaron US$ 2 billones de dólares sin que quede mucho por mostrar. O al menos esa es la apuesta de Biden.

“El presidente sabe que esta decisión recae sobre él y marcará su legado. Pero también entiende que tanto demócratas como republicanos querían el fin de esta guerra y que probablemente aceptarán este caos del final como el costo por pagar por un futuro más estable y seguro”, sostiene Nafali.

Eso, por supuesto, siempre y cuando el vacío de poder que acaba de generar en Afganistán no se traduzca en nuevos atentados terroristas como los que provocaron la invasión de hace 20 años.

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SERGIO GÓMEZ MASERI
Corresponsal de EL TIEMPO
WASHINGTON