hermana-bergoglio--644x362Maria Elena Bergoglio contó a ABC.es que otra de las travesuras del Papa con su sobrino, del que además es padrino, «era mojarle el chupete en whisky”.

Maria Elena Bergoglio está «hecha una miseria» de tanto fumar y hablar con los periodistas en su casa de Ituzaingó, periferia de Buenos Aires. La hermana del Papa no pudo ponerse en contacto con él hasta el sábado, «logró comunicarse en un ratitín que mi teléfono dejó de sonar», comenta. Hablaron apenas unos minutos. «Me dijo: vos, decidle al resto de la familia que estoy bien. No puedo llamar a todos porque fundo las arcas del Vaticano».

Durante la conversación, «Jorge comentó, las cosas se dieron así… No me podía negar». El Pontífice resumió de ese modo cómo entró en Roma de cardenal y cómo se quedará de Papa allí, «para toda la vida». «No tengo ni idea de quién le va a preparar las valijas. No va a ser difícil porque no tenía demasiadas cosas», comenta María Elena con la voz medio rota.

De los cinco hermanos sólo quedan con vida ellos dos. «Jorge es once años mayor que yo. La gente insiste en preguntarme anécdotas de su infancia, pero no tengo ninguna porque no la viví. Él era muy protector, muy cariñoso conmigo. Siempre lo ha sido porque nuestro padre se murió joven, a los 51 años, de un problema de corazón que hoy, probablemente, tendría solución».

Orgullosa y contenta

Está «orgullosa y contenta por Jorge». Sonríe cuando se acuerda de algunas de las diabluras que el Pontífice hacía -ya con el alzacuellos- con su hijo, que también se llama Jorge. «Le encantaba enseñarle malas palabras. Yo le decía: mirá, Jorge, que luego soy yo la que pasa papelones con el nene. Un día fuimos a la iglesia del Salvador, se celebraba una misa muy importante. Había muchos muchos sacerdotes. Cuando tocaba la homilía, Jorge se adelantó para hablar. Mi hijo, al verle, se quedó sorprendidísimo y exclamó una expresión muy pero muy fea. En aquel silencio lo pudo oír todo el mundo y la iglesia estaba repleta de gente», cuenta, y confiesa, bajo palabra de no reproducir la expresión en la que el niño se acordaba de la madre de su tío. «Cuando terminó la misa, -continúa- Jorge vino con nosotros y ahí no paraba de reírse».

Otra de las travesuras del Papa con su sobrino, del que además es padrino, «era mojarle el chupete en whisky, y el atorrante (caradura) -dice en alusión a su hijo- estaba feliz».